—No es broma, querido, es la pura verdad. Tú escribes un tomo de versos y pones en la cubierta: «Poesías, por Tristán Aldama». Eso no dice nada; el público no sabe a qué atenerse, porque lo ignora todo de ti. Pero estampa debajo del título, verbi y gratia: «por Tristán Aldama, diputado por Puertocarnero o senador vitalicio», y ya el público tiene motivos para conocerte y la crítica para guardarte consideraciones. Tus versos no son advenedizos; demuestran que tienen algún arraigo en el país.
—¡Vaya, vaya, Gustavo!—exclamó riendo Aldama.
—¡Que sí, querido, que sí! El público necesita siempre una garantía...
Un joven de agradable rostro y correctamente vestido iba a pasar por la salita, pero viendo a nuestros amigos se volvió recelosamente para no cruzar por delante de ellos.
—¡Eh! ¡eh...! amigo Valleumbroso, no se nos escape usted.
El joven dio la vuelta y quedó en pie frente a ellos.
—Atraque usted, querido—dijo Núñez—. Bien se conoce que quiere usted sustraerse a las felicitaciones de los amigos. Los grandes espíritus desdeñan el aplauso de la muchedumbre.
—¡Yo...! ¿Qué motivo hay para felicitarme?—exclamó el joven sonriendo, haciéndose de nuevas y rebosando de orgullo.
—¡Casi nada! Aunque por mi profesión, y aun más por mi holgazanería, no pueda estar muy al tanto de las novedades literarias, la trompeta de la fama ha traído a mis oídos la noticia de que ha publicado usted un volumen de poesías muy notable, que esos Pelillos a la mar son deliciosos y que se venden como pan bendito.
Las mejillas del poeta enrojecieron súbitamente y repuso en tono desabrido: