—Porque hoy nos desayunamos antes, iremos a misa antes... y después..., después Dios dirá.

—Pero necesito concluir de extender estos recibos.

—Pues no se concluyen.

—Entonces no es que Dios dirá; es que dices tú—repuso él en tono jocoso.

—Eso es, digo yo... y mando que te vengas conmigo ahora mismo a desayunar.

Así se hizo. Arreglose después prontamente y salieron de casa poco antes de las nueve para oír misa en la Encarnación. Habitaba nuestro matrimonio un cuartito bajo en la plaza de Oriente, amueblado con elegancia y provisto de todas las comodidades compatibles con su fortuna, que desde hacía algún tiempo iba prosperando lindamente. Cirilo trabajaba firme. Además de la administración de Reynoso y Escudero tenía alguna otra y se ocupaba en negocios como agente privado. Menos a la Bolsa, a todas partes se hacía acompañar por su esposa que estaba ya enterada de bonos, pagarés, cheques, talones y resguardos como un consumado zurupeto. Visita le ayudaba a subir y bajar las escaleras del Banco y los coches de punto, le llevaba los rollos de valores, le tenía por el bastón mientras firmaba documentos o contaba billetes y le echaba la goma a la cartera. ¡Y que no hacía ella estas cosas con poco gozo! La cuitada se juzgaba tan inútil que cuando podía prestar algún servicio su corazón se inundaba de alegría.

Al salir de la iglesia le dijo resueltamente:

—Hoy, quieras que no, tienes que dejarte guiar por una ciega. Hazme el favor de buscar un coche.

Se fueron al primer puesto y en el trayecto Cirilo no dejó de preguntarle adónde pensaba conducirle.

—Ya lo sabrás.