—¿Qué? ¿La he asustado con mis palabras, verdad?—dijo sonriendo de nuevo más pavorosamente, sin presumir el pobre hombre que no eran sus palabras sino su rostro lo que la asustaba—. Aquí no hay peligro ninguno. Ni en estos sitios se crían fieras ni hay temor de bandidos. Está muy bien guardadito esto.

Y dio otro paso hacia ella. Elena volvió a exclamar con acento más afligido:

—¡Haga usted el favor!

Y volviendo repentinamente la cabeza se puso a gritar desesperadamente:

—¡Tristán! ¡Clara! ¡Tristán! ¡Nanín!

El buen Barragán quedó asustado de aquel susto y acercándose más exclamó con dulzura:

—¡No tenga usted miedo, Elenita! ¡Si estoy aquí yo! Además, esto está muy bien guardado.

—¡Clara! ¡Tristán! ¡Nanín!

—¡Pero, Elenita, si estoy aquí yo!

Felizmente para Barragán, no tanto para Elena, se presentó allí Gustavo Núñez que la había seguido los pasos. Recobró aquélla la calma y disimulando la causa de su turbación para no herir al amigo de su marido, contó que había visto un bicho negro y largo, así como una serpiente. Barragán y Núñez se pusieron a buscar, pero, es natural, no dieron con él.