La bajada fue rápida. Llegaron a la estación de Zarzalejo poco antes de la hora señalada, pero aún el sol no se había puesto porque estábamos en los días más largos del año. Clara y Tristán sintieron deseo de proseguir el viaje a caballo y ganar el Sotillo al través de las trochas que surcan las llanuras. Estaban seguros de llegar allá antes que Elena. Consultaron con ésta el caso, y teniendo en cuenta lo próximo que se hallaba su matrimonio, la joven señora no tuvo inconveniente en darles permiso para hacerlo.
Llegó el tren. Un minuto de parada. Dejaron las cabalgaduras en poder de los mozos y se abalanzaron a los coches, produciendo disturbios y curiosidad en los viajeros que no contaban con la novedad de aquella numerosa caravana.
Gustavo Núñez, cada vez más terco e insolente, quiso sentarse al lado de Elena, pero no logró más que experimentar un claro y doloroso desaire. La joven se alzó instantáneamente de su asiento.
—A ver, Gonzalito, déjeme usted ese sitio; quiero estar al lado de Araceli.
El pintor se mordió los labios de coraje. Cuando pocos minutos después llegaron al Escorial estaban allí esperándolos Reynoso y casi todos los invitados que habían asistido a la fiesta. Los que habitaban en el pueblo se apearon del tren; los que vivían en Madrid se quedaron en él, uniéndose a ellos los que como Cirilo y Visita no habían participado de la excursión. Despedidas, besos, plácemes, risas, gritos y promesas. Silba la máquina. ¡Adiós, adiós!
Elena se agarró fuerte y afectadamente al brazo de su marido en cuanto se bajó del tren y no volvió a soltarlo. Gustavo Núñez asomado a la ventanilla les vio alejarse en esta forma para montar en el landau que les aguardaba. En los ojos expresivos del pintor se pintaban al mismo tiempo diversos sentimientos; la cólera, el deseo, la amenaza, la burla.
Mientras tanto Clara y Tristán caminaban en amor y compaña la vuelta del Sotillo a campo traviesa. Dejando los caballos al paso conversaban animadamente. A solas con su amada, Tristán recuperó la tranquilidad que la presencia del marquesito del Lago turbaba y se dejó arrastrar dulcemente a una alegría que muy contadas veces había disfrutado.
—¿Quieres que pongamos los caballos al trote?—dijo Clara que veía con cierta inquietud acercarse rápidamente el sol a la tierra.
—¿Para qué? Tiempo tendremos a galopar un poco cuando el sol se ponga—dijo él.
Y paseando sus ojos con admiración y arrobo por la campiña exclamó con acento recogido: