—¡En guardia, pues!
Los relucientes aceros chocaron con furia. Roger cuidó de adelantar continuamente, impidiendo al enemigo el libre manejo de su larga tizona; alcanzóle ésta levemente en un hombro y casi al mismo tiempo hirió él también á Tránter en un muslo, pero al elevar su espada para dirigirle otro golpe al pecho, la sintió firmemente trabada en el corte hecho con ese objeto en la hoja del contrario. Un instante después se oyó el ruido seco que hacía la espada de Roger al romperse, quedándole tan sólo en la mano un pedazo de hoja de no más de tres palmos de largo.
—Vuestra vida está en mis manos, exclamó Tránter con triunfante sonrisa.
—¡Teneos! ¡se rinde! exclamaron á una varios escuderos.
—¡Otra espada! gritó Gualtero.
—Imposible, dijo Rodolfo; sería contra todas las reglas del duelo.
—Pues entonces, Roger, tirad al suelo ese trozo de espada, aconsejó Norbury.
—¿Me pedís perdón? repitió Roger dirigiéndose á Tránter.
—¿Estáis loco? contestó éste.
—¡Pues en guardia otra vez! gritó Roger, renovando el ataque con vigor tal que compensó la pequeñez de su arma.