—Lo que más deploro es la pérdida de mi buena espada, que yace en el fondo del río, suspiró Tránter.
—¡Á la abadía! exclamaron varios escuderos.
—¡Un momento, señores! dijo entonces Roger, que había recogido del suelo su rota espada y se apoyaba en el hombro de Gualtero. No he oído á este hidalgo retractar las palabras que me dirigió y....
—¡Cómo! ¿Todavía insistís? preguntó Tránter sorprendido.
—¿Y por qué no? Soy tardo en recoger las provocaciones, pero una vez resuelto á obtener reparación la exijo mientras me quedan fuerzas y alientos.
—Ma foi, pues bien pocos os quedan ya, exclamó Germán bruscamente. Estáis blanco como la cera. Seguid mi consejo y dad por terminada la cuestión, que no os podéis quejar del resultado.
—No, insistió Roger. Yo no provoqué esta querella, pero ya comenzada, juro no partir hasta haber obtenido lo que vine á buscar ó perecer en la demanda. No hay más que hablar; dadme vuestras excusas ó procuraos otra espada y reanudemos el combate.
El joven escudero, pálido como un muerto, extenuado con el tremendo esfuerzo que acababa de hacer para salvar á su enemigo y con la pérdida de sangre que manchaba su hombro y su frente, probaba sin embargo con su actitud, sus palabras y su acento que lo animaba una resolución inquebrantable. El mismo Tránter admiró aquella energía invencible y cedió ante la gran fuerza de carácter que acababa de demostrar el joven hidalgo.
—Puesto que á tal punto lleváis lo que debisteis de considerar como inocente broma, me avengo á declarar que siento haberos dicho lo que tanto os ofende, dijo Tránter en voz baja.
—Y yo deploro también la respuesta que á ello dí, repuso prontamente Roger. Hé aquí mi mano.