La multitud apiñada que los precedía formaba allí una barrera infranqueable y tuvieron que detenerse. Algunos arqueros ingleses repletos de cerveza se fijaron en la extraña pareja y empezaron á examinarla con curiosidad.

—¡Por el rabo de Satanás! exclamó uno, mirad la arrogante muleta que usa este viejo. No te apoyes tanto en la chica y más en tus piernas, abuelo.

—¡Cómo se entiende! dijo otro arquero. Los soldados del rey sin una muchacha que los mire, porque los viejos franceses se las llevan de paseo. ¡Vente conmigo, reina!

—Ó conmigo, paloma. ¡Por San Jorge! la vida es corta y lo mejor es hacerla alegre. ¡No vuelvan á ver mis ojos el puente de Chester si no le digo dos palabritas á esta buena moza!

—¿Qué lleva el lagarto ese bajo el brazo? preguntó un tercero.

—Á ver, manojo de huesos. Venga el envoltorio.

Los arqueros rodeaban á la pareja y el hombre, azorado, sin comprender una palabra de lo que decían, oprimía con una mano el brazo de la mujer y con la otra apoyaba sobre el pecho el precioso paquete, dirigiendo en torno miradas suplicantes.

—¡Ea, muchachos! exclamó Gualtero de Pleyel con imperiosa voz, apartando al arquero que más cerca tenía. Os portáis como villanos. ¡Quedas las manos, ó puede costaros caro!

—¡Tened vos la lengua ó más caro ha de costaros todavía! respondió el soldado más ebrio. ¿Quién sois vos para impedir que los arqueros ingleses se diviertan?

—Un escudero palurdo, acabado de desembarcar, dijo otro. ¡Bonito sería que además de nuestros jefes viniera á darnos órdenes el primer muchachuelo que abandone á su mamá y se aparezca en Aquitania!