CAPÍTULO XXIII
LAS JUSTAS DE BURDEOS

LA fama y brillo de la corte que rodeaba al príncipe Eduardo desde su instalación como Duque de Aquitania, atraían á numerosos caballeros de toda Europa y los torneos y justas eran por entonces espectáculos que con frecuencia presenciaban los vecinos de Burdeos. Con los más afamados paladines ingleses y franceses solían romper lanzas diestros justadores de Alemania, caballeros de Calatrava, nobles portugueses é italianos y aun formidables guerreros de la Escandinavia y otras regiones del norte y del oeste.

Pero en la ciudad y en toda la comarca fué objeto del mayor interés y de incesantes comentarios la noticia de que cinco caballeros ingleses entre los más esforzados habían dirigido un cartel de reto á otros tantos nobles de la cristiandad, quienesquiera que fuesen. Había gran curiosidad por ver quienes lo aceptarían y sabíase además que aquellas justas serían las últimas por entonces, ya que el príncipe se aprestaba á salir con toda su gente para la guerra de España. La víspera del torneo llegaron á Burdeos multitud de gentes de todo el Medoc, que tuvieron que acampar fuera de las murallas, en el llano y á orillas del Garona. Tampoco faltaron oficiales del ejército acuartelado en Dax, ni nobles y burgueses de Blaye, Bourg, Libourne, Cardillac, Ryons y otras muchas villas, que llegaron durante el día y parte de la noche anterior al combate, á pie, á caballo y en vehículos de todas clases.

No fué pequeña empresa la de elegir cinco caballeros por banda, cuando tantos y tan valientes y ganosos de gloria los había congregados allí; y en poco estuvo que la elección ocasionase una serie de duelos preliminares que sólo pudieron evitarse con la intervención del príncipe y de los nobles de más edad y merecimientos. Hasta la víspera del día fijado para el torneo no se fijaron en la liza, pendientes de sendas lanzas, los escudos de los campeones, para que los heraldos y el público supiesen sus nombres y también para que se presentase ante los jueces de campo toda fundada querella ó protesta contra la participación de cualquiera de ellos en el torneo.

Los dos aguerridos capitanes Roberto Nolles y Hugo Calverley no habían regresado de la expedición á Navarra que el príncipe les encomendara, lo cual privó á los justadores ingleses de dos de sus mejores lanzas. Pero eran tantas y tan buenas las que aun quedaban que los señores Chandos y Fenton, á quienes en definitiva se encomendó la elección, tuvieron que discutir y pesar uno por uno los méritos y hazañas de muchos aspirantes; decidiéndose por fin á favor de Morel de Hanson y Abercombe de Chesire, renombradísimo el primero entre los nobles veteranos y héroe de Poitiers el segundo. De los caballeros más jóvenes resultaron agraciados tres brillantes paladines: Tomás Percy, Guillermo Beauchamp y Raniero Leiton. Desde luego aceptaron el reto inglés todos los caballeros gascones y la elección, difícil de suyo, favoreció á Captal de Buch, Oliverio de Clisón, Pedro de Albret, el señor de Mucident y un caballero teutón llamado Segismundo de Bohemia. Al mirar aquellos diez escudos los veteranos ingleses se prometían un torneo brillante cual ninguno, pues eran los mantenedores hombres de gloriosa historia y de valor y esfuerzo probadísimos.

—Á fe mía, Chandos, dijo el príncipe mientras cabalgaba junto al canciller por las estrechas y tortuosas calles de la ciudad, camino del palenque; bien quisiera yo romper una lanza en estas justas, suponiendo que los jueces de campo no me creyesen indigno de alternar con tan famosos campeones.

—No hay en el ejército mejor ni más digno paladín que vos, señor, replicó Chandos, pero dadas las circunstancias de este torneo, creedme, no conviene que participéis en él. No es de vuestro alto cargo el tomar aquí partido á favor de ingleses contra gascones, ni poneros con éstos frente á aquellos, lanza en ristre ó espada en mano. Demasiado sobreexcitados están ya los ánimos.

—Siempre la razón de estado, Chandos, que vos sacáis á relucir no sólo en la sala del consejo sino camino de fiesta tan alegre y lucida como ésta. ¿Y qué piensan de ella mis hermanos de Castilla y Mallorca? preguntó dirigiéndose á los príncipes españoles, que á su derecha cabalgaban.

—Mi opinión es que hoy presenciaremos no pocas proezas, dijo Don Pedro, en vista de la fama y pujanza de los justadores.

—¡Por Santiago! observó Don Jaime, otra cosa va llamando mi atención y es el buen porte y mejores vestidos de esos burgueses de Burdeos que se agolpan á mirarnos. Rica en verdad debe de ser esta gran villa y holgada la condición de sus moradores, á pesar de recientes guerras y trastornos.