—Os conozco demasiado, Chandos, para no saber que esas palabras os las dicta vuestra razón, no el temor ni el cansancio de las guerras. ¡Qué enorme multitud! No recuerdo haber visto tantos curiosos desde el día en que recorrí las calles de Londres acompañando á mi prisionero el rey de Francia.
Un mar de cabezas cubría por completo la vasta llanura que se extendía desde la Puerta del Norte hasta los primeros viñedos del este de la ciudad y hasta las orillas del río. Entre los obscuros tonos de aquella multitud se destacaban ya las toquillas de vivos colores de las mujeres, ya el casco de un arquero herido por los rayos del sol. En el centro de la llanura, quedaba el espacio cercado que se destinaba á las justas, con gradas y tribunas engalanadas con multitud de gallardetes y banderas. Trabajo costó abrir estrecho paso á los príncipes y su séquito entre aquella masa compacta, que los saludó con aclamaciones atronadoras. Tras ellos fueron llegando numerosos nobles y damas ricamente ataviadas y pronto quedaron llenas las tribunas, relucientes de oro y pedrería. En el numeroso séquito del príncipe y sus regios huéspedes figuraban capitanes y cortesanos de Gascuña y España, de Inglaterra, el Lemosín y Saintonge. En los asientos y gradas encantaban la mirada las morenas bellezas del Garona y junto á ellas las rubias beldades inglesas, ostentando unas y otras sus mejores galas. De las balaustradas de las tribunas colgaban ricos tapices y anchas franjas de terciopelo en cuyo centro destacábanse, bordados en oro, plata y sedas de vivos colores, los escudos de armas de cien nobles. No tardaron en tomar éstos asiento, la multitud y los soldados se acomodaron como mejor pudieron y los pajes y palafreneros se encargaron de las armas y monturas de sus señores.
Los mantenedores ocupaban la extremidad del campo más cercana á las puertas de la ciudad. Frente á sus respectivos pabellones se veían los escudos de armas de los cinco campeones ingleses, sostenidos por otros tantos escuderos; allí las rosas de Morel, las barras gules de Leiton, el león de Percy, los grifos de Abercombe y las plateadas alas de Beauchamp. Tras los pabellones piafaban impacientes los grandes caballos de batalla lujosamente enjaezados. La gran mayoría de los arqueros y hombres de armas ingleses se agrupaban en aquel extremo de la liza, ganosos de contemplar y vitorear á sus famosos campeones, que sentados á la puerta de sus tiendas, armados completamente y con el yelmo sobre las rodillas, departían tranquilamente sobre el gran suceso del día en que tan importante parte les tocaba desempeñar. Pero el pueblo gascón no ocultaba su preferencia por Captal de Buch y sus compañeros, pues la popularidad de los ingleses había decaído mucho desde las enconadas contiendas originadas por la captura del rey de Francia y el destino que debía de darse al regio prisionero. De aquí que no fueran generales, aunque sí muy nutridos, los aplausos que acogieron la proclamación del rey de armas, anunciando los nombres y títulos de los caballeros ingleses que estaban prontos, "por su Dios, por su patria, por su rey y por su dama," á combatir contra cuantos hidalgos les hiciesen la honra de romper lanzas con ellos. Más que aplausos, en cambio, fueron aclamaciones ensordecedoras las que saludaron al heraldo que en el opuesto extremo de la liza enumeró los nombres popularísimos de los justadores gascones.
—Comienzo á creer que teníais mucha razón, Chandos, al aconsejarme que no tomase hoy partido ni enristrase lanza, dijo el príncipe en voz baja al notar el estado de los ánimos. Paréceme, señor de Armagnac, que nuestros amigos de Aquitania no verían con malos ojos la derrota de los campeones ingleses.
—Bien pudiera ser, príncipe, como no dudo que en iguales circunstancias el pueblo de Londres ó Windsor favorecería ó aclamaría á sus compatriotas.
—Y no está lejos la demostración palpable de lo que decís, exclamó riéndose el príncipe, porque allá diviso unas veintenas de arqueros cuyo vocerío no cede al de la multitud. Mucho me temo que sufran amargo desencanto si la copa de oro que he ofrecido al vencedor se queda en Aquitania en vez de cruzar el mar. ¿Cuáles son las condiciones, Chandos?
—Cada pareja justará no menos de tres veces y la victoria será del partido cuyos campeones hayan triunfado en mayor número de encuentros singulares. El que más se distinga entre ellos recibirá el trofeo ofrecido por Vuestra Alteza, y el más diestro justador de los vencidos un broche de oro y piedras preciosas. ¿Doy la señal?
Contestó el príncipe afirmativamente, sonaron los clarines y los mantenedores fueron entrando en liza uno tras otro y arremetiendo á sus contrarios, con varia fortuna para ambos bandos. Así, Sir Guillermo Beauchamp cayó al poderoso golpe de Captal de Buch, pero Percy desarzonó al de Mucident; Lord Abercombe derribó á su vez al señor de Albret y por fin el hercúleo Oliverio de Clisón igualó la suerte del combate con la victoria que alcanzó sobre Sir Raniero Leiton.
—¡Por Santiago! exclamó Don Pedro, buenas lanzas y grande empuje, tanto los señores gascones como los ingleses.
—¿Quién es el próximo adalid inglés? preguntó el príncipe con voz que denotaba su viva emoción.