Acercóse Chandos al escudero, díjole éste algunas palabras al oído y el anciano canciller hizo un ademán de profunda sorpresa, á la vez que miraba con curiosidad é interés evidentes al inmóvil caballero que á distancia esperaba el resultado de aquellas negociaciones.

—¿Será posible? exclamó.

—Es la pura verdad, señor, dijo el escudero. Lo juro por San Iván de Bretaña.

—Debí sospecharlo, agregó Chandos retorciendo los largos bigotes y mirando fijamente al apartado caballero.

—¿Qué decís, Chandos? preguntó el príncipe.

—Señor, una gracia os pido. Permitid á mi escudero que me traiga arnés para revestirlo y tener la alta honra de cruzar la espada con el campeón francés.

—Poco á poco, mi buen Chandos. Tenéis, y muy bien ganados, cuantos lauros puede conquistar un hombre y hora es ya de que descanséis. Escudero, decid á vuestro amo que es muy bienvenido á mi corte, y que si gusta de tomar algún descanso y refrescar en mi compañía antes de la justa, pronto estoy á obsequiarle.

—Perdonad, señor, no puede beber con Vuestra Alteza.

—Que designe, pues, al caballero de su elección.

—Desea justar con los cinco mantenedores ingleses, y con las armas que cada uno de ellos prefiera y elija.