—¡Paciencia! dijo el señor de Butrón. Pero ¿quién es ese individuo que ahí traéis?
—Un prisionero que acabo de hacer en la tienda real y que á juzgar por su ropaje y el escudo con las armas de Castilla bordado sobre el pecho espero sea el mismísimo rey Don Enrique.
—¡El rey! exclamaron asombrados sus oyentes, rodeando al desconocido.
—Os engañáis, barón, dijo Fenton, que miraba atentamente al cautivo. Dos veces he visto al de Trastamara y este hombre en nada se le parece.
—Pues entonces ¡por el cielo! juro volver ahora mismo al campo y traerme al rey, vivo ó muerto.
—Sería una temeridad inútil, barón. El campo enemigo está todo sobre las armas. ¿Quién sois vos? preguntó bruscamente Fenton en castellano, dirigiéndose al desconocido. ¿Y cómo no siendo el rey ostentáis el escudo de Castilla?
El prisionero había vuelto en sí del desmayo que le ocasionaran los vigorosos puños de Tristán, que le habían apretado el pescuezo sin compasión ni miramientos.
—Formo parte, dijo, de la guardia de nobles encargados de velar por la persona del rey. Mi soberano se hallaba por fortuna en la tienda destinada á Duguesclín cuando vos me sorprendisteis. Soy Don Sancho de Penelosa, caballero aragonés al servicio de su alteza Don Enrique de Castilla y pronto estoy á pagar el rescate que se me exija.
—Guardaos en buenhora vuestro dinero, dijo el barón, profundamente disgustado con el fracaso de su atrevida empresa. Libre estáis. Decid á vuestro señor que un noble inglés, el barón León de Morel, ha hecho esta noche todo lo posible, aunque inútilmente, por ofrecerle sus respetos en persona. Otra vez será. ¡Y ahora, amigos míos, á caballo y en marcha! Había creído poder quitarme esta noche el parche que cubre mi ojo, pero por lo visto tengo que llevarlo puesto algún tiempo todavía. ¡En marcha!