Llegados los ingleses á una altura que dominaba en parte el valle divisaron en la cima de la roca convertida en fortaleza la bandera castellana. El enemigo se había apoderado por fin de aquel baluarte con tanto heroísmo defendido. Pero la lucha no había cesado por completo; en un extremo de la elevada planicie oponía todavía débil resistencia un puñado de ingleses. Aquel espectáculo arrancó un grito de furor á Sir Hugo y sus soldados, que clavando las espuelas en los ijares de sus caballos se lanzaron, ciegos de ira, contra los escuadrones enemigos.

El furioso ataque sorprendió á éstos sobre manera, é ignorantes del número de sus enemigos y creyendo que los rodeaba el grueso del ejército inglés que se hallaba por aquellos contornos, dieron la señal de retirada, apresurándose á dejar el valle en busca de posición más favorable para la defensa.

Los ingleses no pensaron en continuar su ataque ni en perseguirlos. Su principal anhelo era llegar á la altura donde esperaban rescatar á algunos de sus amigos. Triste cuadro se ofreció á su vista; montones de muertos y heridos castellanos y leoneses, franceses é ingleses; y mas allá, al pie de una roca, siete arqueros, con el indomable Tristán de Horla en el centro, heridos todos pero no vencidos todavía, blandiendo las ensangrentadas espadas y saludando á sus salvadores con un grito de bienvenida.

—¡Tremenda lucha y defensa heróica la vuestra! exclamó Sir Hugo, contemplando con asombro aquella escena asoladora. Pero ¿qué es eso? ¿También habéis hecho prisioneros? continuó diciendo al ver á Don Diego de Álvarez desarmado entre los arqueros.

—Sólo uno, y me pertenece, respondió Tristán. Lo he custodiado y defendido cuidadosamente, porque representa mi fortuna y la de mi viejecita madre si vuelvo á verme algún día en Horla....

—Tristán, ¿dónde está el barón de Morel? interrumpió Roger ansiosamente.

—Creo que ha perecido, como casi todos. Yo ví al enemigo poner su cuerpo sobre un caballo. Estaba desvanecido ó muerto y se lo llevaron....

—¡Dios del cielo! ¿Y Simón?

—También le ví arrojarse espada en mano sobre los captores de nuestro señor, y no sé si lo mataron ó lo hicieron prisionero.

—¡Den los clarines la orden de marcha! gritó Sir Hugo con voz tonante. ¡Maldición! ¡Volvamos al campo, y os prometo que antes de tres días habremos vengado al barón de Morel! Cuento con vosotros, valientes, y desde ahora quedáis incorporados á mi escuadrón predilecto.