Diciendo esto presentó la buena mujer un tablero en el que sobre fondo rojizo y nada limpio se contoneaba una especie de gallina moribunda pintarrajeada de verde, con un ojo saltón y amarillento colocado más cerca del pescuezo que del pico; era éste encorvado y enorme, y de él pendía un cartelón pintado de blanco con esta inscripción en letras negras: ¡Al Pagaro Berde!

Aquella obra maestra del pintor ambulante fué acogida con grandes risas, y el mismo Roger no pudo menos de convenir con la ventera en que aquel papagayo bizco y aquella ortografía fantástica perjudicarían á la buena fama del mesón y moverían á risa á los señores que allí se detuviesen á descansar y refrescar durante sus frecuentes cacerías.

—Sería la ruina de mi casa, exclamó la tía Rojana.

—No os apuréis, buena mujer, que yo espero mejorar algo el cuadro, dijo Roger, si vos me dáis los colores y pinceles del artista Ferrus.

—El cielo os prospere si así lo hacéis, lindo señor, dijo ella sorprendida y encantada con aquella oferta; y en un santiamén le llevó y abrió el zurrón de Ferrus, admirando la prontitud y habilidad con que Roger manejó colores, paleta y pinceles y borrando el espantajo verde comenzó á pintar el fondo de la nueva muestra.

—El barón de Ansur tendrá que arar él mismo sus campos, si quiere grano, voceaba en tanto uno de los bebedores, con zamarra y gruesas botas de cuero. Lo que es yo no vuelvo á poner el pie en sus tierras. Doscientos años hace que toda mi parentela suda la gota gorda para que los señores de Ansur tengan buen vino en sus mesas y copas de oro en que beberlo y brocados y sedas con que vestirse. ¡Voto á tal que desde hoy me quito la librea y no vuelvo á trabajar para esos señorones holgazanes!

—Tened la lengua, Rodín, advirtió la ventera.

—No, no, dejadle, dijo uno de los leñadores. Lo que necesitamos es que muchos villanos piensen como Rodín y sacudan el yugo. Medrados estamos si hasta el hablar se nos niega. Por mi parte, aunque me corten las orejas....

—Ved que eso de cortar orejas, tan bonitamente pueden hacerlo los verdugos de los barones como los cuchillos de los leñadores, añadió otro de éstos. ¡Por San Jorge! De mí sé decir que prefiero vivir en el monte á servir á un criado del rey.

—Yo no tengo más amo que el rey, declaró otro de los presentes, después de empinar un jarro lleno de cerveza.