—Reunidos están en el claustro mayor, reverendo padre, contestó el lego, que se hallaba en actitud humilde, cruzadas las manos sobre el pecho y fija en el suelo la vista.
—¿Todos?
—Treinta y dos profesos y quince novicios. Fray Marcos, postrado por la fiebre, es el único que falta. Dice que....
—No hace al caso lo que él diga. Enfermo ó no, importaba ante todo acatar mi mandato. Domeñaré su espíritu rebelde, como lo haré con otros miembros de esta abadía que necesitan severa disciplina. Y vos mismo, hermano Francisco, estáis en falta. Ha llegado á mis oídos que habéis alzado la voz en el refectorio, mientras el hermano lector comentaba la palabra divina. ¿Qué contestáis á esa acusación?
El lego no chistó, ni se movió siquiera.
—Mil avemarías y otros tantos credos rezados con los brazos en cruz ante el altar de la Virgen, servirán para recordaros que el Supremo Creador nos dió dos orejas y una sola lengua, para que oigamos mucho y hablemos poco. Enviadme aquí al hermano Maestro.
El atemorizado lego salió de puntillas, cerrando tras sí la puerta, que se abrió algunos momentos después para dar paso á un monje, corto de estatura, robusto de cuerpo y cuya imperiosa mirada acentuaba la expresión severa del semblante.
—¿Me habéis llamado, reverendo padre?
—Sí, hermano Maestro. Deseo que el acto de hoy, que me impone un deber durísimo, se verifique con el menor escándalo posible; y sin embargo, es fuerza dar al culpable una lección pública, para ejemplo de los restantes.
Dijo el abad estas palabras en latín, lengua en que de ordinario hablaba á los religiosos á quienes por sus años ó por razón de su cargo ó de sus méritos, juzgaba dignos de especial deferencia.