CAPÍTULO VIII
LOS TRES AMIGOS
TRISTÁN y Simón siguieron andando. Al terminar Roger sus oraciones recogió bastón y hatillo y corriendo como un gamo no tardó en llegar á una cabaña situada á la izquierda del sendero y rodeada de una cerca, junto á la cual estaban el arquero y su recluta, mirando á dos niños de unos ocho y diez años respectivamente; plantados ambos en medio del jardinillo que cercaba la casa, silenciosos é inmóviles, fija la vista en los árboles del otro lado del camino y teniendo en la mano izquierda, extendido horizontalmente el brazo, unos largos palos á manera de pica ó alabarda, parecían dos soldados en miniatura. Eran ambos de agraciadas facciones, azules ojos y rubio cabello; el bronceado color de su tez era claro indicio de la vida que hacían al aire libre en la soledad del frondoso bosque.
—¡De tal palo tal astilla! gritaba regocijado el buen Simón al llegar Roger. Esta es la manera de criar chiquillos. ¡Por mi espada! yo mismo no hubiera podido adiestrarlos mejor.
—Pero ¿qué es ello? preguntó Roger. Parecen dos estatuas. ¿Les pasa algo?
—No, sino que están acostumbrando y fortaleciendo el brazo izquierdo para sostener debidamente, cuando sean hombres, el pesado arco de combate. Así mismo me enseñó mi padre y seis días de la semana tenía que aguantarme en esa posición lo menos una hora por día, sosteniendo á brazo tendido el pesado bastón herrado de mi padre, hasta que el brazo me parecía de plomo. ¡Hola, bribonzuelos! ¿cuánto os falta todavía?
—Hasta que el sol salga por encima de aquel roble más alto y nos haga cerrar los ojos, contestó el mayor.
—¿Y qué váis á ser vosotros? ¿Pecheros, leñadores?
—¡No, arqueros! dijeron ambos á una voz.
—¡Bien contestado, granujas! Ya se echa de ver que vuestro padre es de los míos. Pero ¿qué haréis cuando seáis soldados?
—Matar escoceses, dijo el chiquitín frunciendo el ceño.