—Tengo entendido que son los escoceses buenos guerreros, observó Tristán.

—Fuertes y sufridos; no adelantan durante el combate, pero tampoco huyen, sino que se aguantan á pie firme, dando cada toque que saca chispas de cascos y coseletes. Con el hacha y la espada de combate no tienen igual, pero son muy malos ballesteros, y lo que es con el arco, no se diga. Además, los escoceses son por lo general muy pobres, aun sus jefes, y pocos de ellos pueden comprarse una cota de malla tan modesta como la que yo llevo puesta. De aquí que luchen con gran desventaja contra nuestros caballeros, muchos de los cuales llevan encima yelmos, petos, manoplas y cotas que representan el valor de cuatro ó seis mayorazgos escoceses. Hombre por hombre, con iguales armas, son tan buenos soldados como los mejores de Inglaterra y de toda la cristiandad.

—¿Y qué nos decís de los franceses?

—Son también combatientes de gran pujanza. Nuestras armas han sido muy afortunadas en Francia, mas no por eso hay que tener en menos á sus soldados. Los he visto pelear en campo abierto y encerrados en sus fortalezas, en asaltos, emboscadas, salidas, sorpresas nocturnas, duelos, justas y torneos; y puedo aseguraros, muchachos, que tienen el corazón valiente y el brazo duro. Entre los caballeros que seguían á Duguesclín podría citaros en este momento una veintena capaces de romper lanzas, sin desventaja, con los más brillantes paladines de Inglaterra. En tanto el pueblo, agobiado con tributos y gabelas, sufre, trabaja y calla, y vive como Dios le da á entender.

—¿Habéis visitado otros países? preguntó Roger, á quien aquellos relatos é informes interesaban sobre manera.

—He estado en Holanda, en Flandes y el Brabante y creo que de esta hecha Tristán tendrá oportunidad de ver no sólo buena parte de Francia, sino también algo y aun algos de la hermosa tierra de España. Del holandés os diré que es tardo y pesado, y que no desenvaina la espada por los bellos ojos de una doncella ni por un quítame allá esas pajas; pero con justa causa y buenos capitanes, sabe defender su país, más mojado que charca de ranas; y sobre todo, no toquéis sus fardos de lana, sus terciopelos de la antigua Brujas y demás mercaderías, porque entonces se enfurece y hay que matarlo para hacerlo entrar en razón. ¡Sí, reíos! Pues acordaos de lo que les pasó á los franceses en Courtrai, donde los gordinflones holandeses les enseñaron que sabían manejar el acero tan bien como forjarlo.

—¿Qué pensáis de los españoles? preguntó Roger.

—Raza guerrera de veras. Como que á la fecha llevan seis siglos largos de continua lucha con lo más aguerrido de la gente árabe, que se posesionaron de casi todo el país y á lo que creo ocupan todavía la mitad de la Península. Me las hube con los súbditos del rey de Castilla en el mar, cuando su flota vino á retarnos en Chelsea, y allí tuvimos con ellos un zafarrancho de mil demonios, en el que participaron ochenta naves inglesas y españolas. Y ahora que he contestado á tus preguntas, mocito, voy á hacerte una proposición. Veo que te interesan mis relatos, sé que harías carrera en el ejército á pesar de que pareces un alfeñique, pero tienes buen consejo. Pues oye, elige uno cualquiera de los objetos que dejé en la venta, el que te parezca más valioso, y te lo regalo, á condición de que te vengas con este zagalón y conmigo á Francia, en cuanto termine la misión que me lleva al castillo de Monteagudo.

—No puede ser, replicó el joven. De mil amores iría con vos á Francia ó á cualquier otro país, no sólo porque me place escucharos, sino porque fuera de Belmonte sois los únicos amigos que tengo en el mundo. Pero debo acatar la voluntad de mi padre muerto y ver ante todo á mi único hermano. Lo que después suceda está por ver, pero desde luego os digo que haríais conmigo una triste adquisición para vuestra Guardia Blanca, pues ni por temperamento ni por educación sirvo yo para ese continuo batallar en que vos vivís.

—¡Culpa es de mi parlera lengua! gritó el arquero. No le doy suelta sin que se ponga á hablar de flechazos y estocadas, como si nada más hubiera en el mundo. Pero ven acá, doctorcillo mío, y déjame explicarte lo que tengo en mientes. Has de saber que no sólo necesitamos soldados y ballestas. En primer lugar, por cada pergamino que se ve en Inglaterra hay que escribir ó descifrar veinte en Francia. Por cada estatua, por cada piedra preciosa tallada, por cada blasón, escudo ó divisa, moldura y relieve que aquí pueda ocupar y dar de comer á un amanuense hábil y discreto como tú, hay allí ciento. En el saco de Carcasona ví yo habitaciones enteras atestadas de pergaminos, sin que ninguno de nosotros pudiera leer una palabra de tanto fárrago. En Arlés y Nimes hay ruinas de arcos y palacios y santuarios, mosaicos, pinturas é inscripciones, tan antiguos unos y tan primorosos otros, que multitud de gentes van á admirarlos, no sólo de toda Francia sino de otras naciones. En tus ojos veo ya el deseo de contemplar tanta cosa buena. ¡Vente con nosotros y voto á tal que no ha de pesarte!