—No, por favor, dijo él vivamente. Contad, que me desvivo por saber algo de vos.

—Pues bien, sabréis la historia, pero no el nombre. Algo he de otorgar al hombre que ha hecho de su hermano un enemigo, por culpa mía. Después de todo, Hugo dijo que venís derechamente del convento, de suerte que será esto á manera de confesión, como si fuerais un reverendo de barba blanca ¿eh? Sabed, pues, que vuestro pariente ha pretendido mi mano, no tanto, á lo que imagino, por prendas que no tengo, sino por los caudales que le aportaría su matrimonio con la hija única de... mi padre, porque ya os he dicho que no sabréis quién soy. No es mi padre excesivamente rico, pero sí hombre de alta alcurnia, valiente caballero, en verdad, guerrero famoso, á quien las pretensiones de ese hombre grosero y bellaco.... ¡Perdonad! Olvidé que lleváis el mismo nombre.

—No importa; continuad, os lo suplico.

—De un mismo manantial suelen proceder arroyos muy distintos; turbio uno, claro y cristalino el otro, dijo ella prontamente. Abreviando, os diré que ni mi padre ni yo podíamos tolerar tales pretensiones, y que ese hombre violento y vengativo ha sido desde entonces nuestro enemigo. Temeroso mi padre del daño que pudiera causarme, me tiene prohibido cazar en toda la parte del bosque situada al norte del camino de Munster; pero esta mañana mi valiente halcón dió caza á una garza enorme y mi paje Rubín y yo olvidamos por completo el camino que seguíamos y la distancia recorrida, sin pensar más que en las peripecias de la caza. Trovador tropezó, por desgracia, lanzándome con violencia al suelo, y echando á perder mi falda, la segunda que llevo desgarrada y manchada esta semana, para mayor indignación de mi madre y dolor de Águeda, mi buena aya....

—¿Y después? preguntó ansiosamente Roger.

—Entre el tropezón, mi caída, el grito que dí y las voces de Rubín, se asustó el caballo de tal manera que salió á escape, perseguido por el paje. Antes de que pudiera levantarme ví á mi lado al desairado pretendiente, quien me anunció que estaba en sus tierras y me ofreció cortésmente acompañarme hasta su casa, donde podría esperar con comodidad el regreso del paje. No me atreví á rehusar, pero muy pronto conocí por sus miradas y palabras que había hecho mal; quise tomar por el puente, me lo impidió descaradamente y después ¡Jesús me valga! no puedo pensar en sus soeces insultos sin estremecerme. ¡Cuánto os debo! Y cuando recuerdo que yo.... ¡Qué asco!

—¿Qué es ello? preguntó Roger admirado.

—Cuando recuerdo que mordí su mano, que posé mis labios sobre la carne del malvado, me parece haber sufrido el contacto asqueroso de una serpiente. Pero vos ¡cuán animoso y enérgico ante tan temible enemigo! Si yo fuera hombre me enorgullecería de actos como ese.

—Poca cosa cuando tan grande es el placer de serviros, contestó Roger, vivamente complacido al oir aquel elogio de tales labios. ¿Y vos? ¿Qué pensáis hacer ahora?

—¿Véis á lo lejos, allá abajo, aquel enorme tronco, junto al rosal silvestre? Pues ó mucho me engaño ó no tardará en llegar á él Rubín con los caballos, por ser ese el lugar donde me detengo á descansar en casi todas mis excursiones por estos rumbos. Después, á casa sin tardanza. Un galope de dos leguas secará completamente pies y ropas.