—La que á mí más me interesa, repuso Roger jovialmente, es que con el arenque venga también una rebanada de pan.
—¿Lo ves, gandul? preguntó Colás al otro estudiante. ¿No te he dicho cien veces que el ingenio y la gracia en el decir me rodean como un aura sutil y que nadie se me acerca sin dar á poco muestras evidentes de la agudeza que en mí rebosa? Tú mismo eras el mostrenco más zafio que he conocido en toda mi vida, pero en la semana que llevas conmigo has hecho ya dos ó tres juegos de palabras muy pasables y esta mañana un comentario asaz agudo, que yo no tendría inconveniente en aceptar por mío.
—Como lo harás á la primera oportunidad, socarrón, para pavonearte con plumas ajenas. Pero decidme, amigo, ¿sois estudiante? Y siéndolo ¿venís de las aulas de Oxford ó de las de París?
—Algo he estudiado, contestó Roger, pero no en esas grandes universidades, sino con los monjes del Císter, en su convento de Belmonte.
—¡Bah! poco y malo probablemente. ¿Qué diablos de enseñanza pueden dar allí?
—Non cui vis contingit adire Corinthum, observó Roger.
—¡Toma y vuelve por otra, hermano Florián! Pero dejémonos de discusiones y á comer se ha dicho, que se enfrían los arenques y el pan amenaza convertirse en guijarro y la leche en requesón.
Lo cual no impidió que mientras Roger comía renovasen los otros sus argucias y que á poco menudeasen argumentos y sofismas y lloviesen las citas latinas y griegas, escolásticas y evangélicas, silogismos, premisas, inferencias y deducciones. Sucedíanse las preguntas y respuestas como los golpes de incansables espadas sobre fuertes escudos. Por fin, aplacóse un tanto Colás, mientras su compañero siguió perorando, triunfante y engreído.
—¡Ah, ladrón! gritó de pronto. ¡Te has comido mis arenques!
—Y muy ricos que estaban, contestó Colás con sorna. Pero eso es parte de mi argumentación, el esfuerzo final, la peroratio, que dicen los oradores. Porque amigo Florián, siendo cosas las ideas, como lo acabas de dejar muy bien sentado y probado, no tienes más que pensar ó idearte un par de arenques rollizos y conjurar un frasco de leche de dos azumbres, con lo cual quedará tu estómago tan satisfecho y tan campante.