—¡Hola, con que ahí es donde te duele! Pues mira, Sansón, procura que no te oiga él, el chiquitín ese de los ojillos llorosos, porque sólo entonces conocerías tú la fuerza de sus puños. Por lo demás, tres meses de plazo te doy para cambiar de opinión. Al capitán Morel sólo le conocen los que lo han visto hilar por lo fino en la guerra. Ya verás, ya verás.
En aquel momento se oyó gran gritería en las calles del pueblo; hombres, mujeres y niños corrían de uno á otro lado de la calle central dando voces y se refugiaban en las casas. Al otro lado del puente y corriendo cuanto podía en dirección al castillo, apareció un hombre, que al ver á la baronesa se llegó á ella y gritó, sudoroso y jadeante:
—¡Huid, señora, huid! ¡Salvadla! ¡El oso, el oso!
En efecto, corriendo hacia ellos venía un oso negro enorme, de terrible aspecto, entreabierta la boca y con un trozo de cadena atado al cuello. En dos saltos se puso Tristán al lado de la baronesa, á quien levantó en sus brazos como si fuera una pluma, y con ella corrió rápidamente fuera del camino, hasta llegar á unos árboles vecinos. Roger solo acertó á dar algunos pasos en igual dirección y se quedó mirando atónito al furioso animal; entre tanto soltaba Simón una retahila de tacos franceses é ingleses y preparaba su arco. Entonces, con sorpresa de todos, vieron que el barón de Morel no sólo no había huido sino que se dirigía en derechura al oso con tranquilo paso, llevando en la mano el rojo pañuelo de seda que en ella tenía cuando hablaba con Simón y sus amigos. El oso llegó hasta él, dió un sordo gruñido, y alzándose sobre las patas traseras, levantó la poderosa zarpa.
—¡Hola, feo! ¿Con que estamos de mal humor? dijo tranquilamente el barón, cruzando por dos veces con su pañuelo de seda el hocico del oso.
El animal, sorprendido, le miró un momento, cayó sobre las cuatro patas y gruñó de nuevo, mirando á derecha é izquierda como sin saber qué resolución tomar, mientras el barón, á dos pasos, lo contemplaba con curiosidad, guiñando sus irritados ojillos. En aquel momento llegaron cuatro gañanes con gruesas cuerdas y en pocos instantes tuvieron asegurado al fugitivo. El dueño del oso llegó también, temeroso del castigo que pudiera aguardarle y descubriéndose explicó al barón que había dejado á la fiera bien encadenada á la puerta de una taberna mientras él tomaba un vaso de cerveza, y que habiendo llegado de súbito los perros del castillo, atacaron al oso, enfureciéndolo y haciéndole romper la cadena. Lejos de castigarlo ó reprenderlo el barón le dió algunas monedas de plata, con escándalo de la baronesa, á la que todavía no se le había pasado el susto.
—Te pido perdón, camarada, dijo Tristán al arquero, á tiempo que entraban por las puertas del castillo. El señor de Morel es todo un hombre. ¡Digo, qué calma y qué nervio! Por mi parte, no quiero más jefe que él.
CAPÍTULO XI
DEL CONVENTO Á ESCUDERO Y DE DISCÍPULO Á MAESTRO
SOBRE el macizo arco que daba entrada á la fortaleza se veía el escudo de los Monteagudo, un corzo gules en campo de plata, y junto á él las armas del veterano condestable, las rosas de Morel. Al pasar el puente levadizo le pareció á Roger que en una de las saeteras brillaba la armadura de un soldado; y apenas estuvieron todos en el pórtico, sonó un clarín y el pesado puente se elevó tras ellos como impulsado por manos invisibles, con gran ruido de cadenas. El barón acompañó á su esposa á la sala del castillo y un obeso mayordomo se encargó de los tres recienllegados, á quienes trató á cuerpo de rey. Satisfechos ampliamente sus estómagos y refrescados con un baño en la cercana acequia, siguieron Tristán y Roger al arquero, que examinaba atentamente la fortaleza con la práctica de quien tantas había visto en su vida. Á sus dos compañeros, que por primera vez se hallaban en un castillo, les parecían aquellos gruesos muros del todo inexpugnables, y veían con asombro el número de centinelas apostados en puertas, murallas y almenas, sin contar los soldados del cuerpo de guardia situado cerca del puente levadizo, que limpiaban sus armas, cantaban ó hablaban con sus mujeres é hijos en el ancho pórtico.
—Me parece que un puñado de rústicos podría defender esta fortaleza contra diez compañías del rey, dijo Tristán.