"Segundo: Que como el Maestro de novicios castigase aquel desafuero poniendo al culpable á pan y agua por tres días, en honor de Santa Tiburcia, aquel pecador impenitente declaró en presencia del novicio Ambrosio que quisiera ver á una legión de demonios llevándose por los aires al susodicho hermano Maestro.
"Tercero: Que amonestado por éste nuevamente, el acusado cogió á su denunciador por el pescuezo y lo zabulló en el estanque de la huerta, por espacio suficiente para que la víctima de tamaño atropello pudiera acabar el credo que rezó mentalmente con objeto de encomendar su alma á Dios, creyendo llegada la última hora."
Las exclamaciones de sorpresa y censura que se oyeron en ambos bancos indicaron que los miembros de la comunidad apreciaban la gravedad del último cargo; pero el abad impuso silencio, levantando su huesuda mano.
—Continuad, dijo al lector.
—"Y cuarto: Que poco antes de vísperas, el día de Santiago Apóstol, se vió al citado Tristán en el camino de Vernel, en conversación con una mujer, la llamada María Soley, hija del guardabosque de este nombre. Y que después de muchas risas y resistencias por parte de la susodicha doncella, el acusado la tomó en brazos y la condujo al otro lado del riachuelo de Las Hayas, para evitar que aquella emisaria de Satán se mojase los pies. Esta infracción inaudita de nuestra santa regla fué presenciada por tres miembros de la comunidad, con gran escándalo suyo y con indudable regocijo de todo el infierno, que así veía caer en mortal pecado á un novicio de nuestra orden."
El silencio profundo que siguió á aquellas palabras, aun más que los ademanes y el aspecto horrorizado de algunos religiosos, reveló cuán profunda y unánime era la reprobación de los oyentes.
—¿Quiénes son los testigos de tan enorme pecado? preguntó el abad con voz que delataba su indignación.
—Yo soy uno de ellos, dijo levantándose el hermano Ambrosio; y conmigo lo presenciaron Porfirio y Marcos, el cual se afectó de tal manera que desde entonces se halla en la enfermería.....
—¿Y la mujer? continuó Fray Diego. ¿No prorrumpió en acongojado llanto al presenciar aquella conducta de un hombre que vestía nuestro sagrado hábito?
—No, reverendo abad. Antes bien sonrió dulcemente cuando él la depositó allende el vado y le dió las gracias y le tendió su mano. Lo ví con mis propios ojos, como lo vió Marcos....