—No, señor barón, contestó el veterano esforzándose por contener la risa. El arquero Tristán es de este pueblo de Horla y la mujer es su madre, que le da la bienvenida á su manera.

—¡Yo te enseñaré, holgazán, perdido, gandul! gritaba la vieja esgrimiendo la vara.

—Poco á poco, madre, decía Tristán, que ya no ando de vago sino que soy arquero del rey y voy á las guerras de Francia.

—¿Con que á Francia, bribón? Más te valiera quedarte aquí, que yo te daré toda la guerra que quieras, sin ir tan lejos.

—Eso no lo dudaré yo, buena mujer, dijo Simón, que ni franceses ni españoles han de sacudirle el polvo como vos lo hacéis.

—¿Y á tí qué te importa, deslenguado? exclamó la viejecilla volviéndose airada contra Simón. ¡Bonito soldado estás tú también, entrometido, borrachín!

—¡Aguanta, Simón! dijeron los arqueos en coro, con gran risa.

—Dejadla en paz, camaradas, dijo Tristán, que ha sido siempre buena madre y lo que la desespera es que yo he hecho mi santa voluntad toda la vida, en lugar de trabajar como un forzado con los leñadores de Horla. Ya es hora de decirnos adiós, madre, continuó, levantando á la endeble mujer como una pluma y besándola cariñosamente. Quedad tranquila, que os he de traer una saya de seda y un manto de terciopelo que ni para una reina y decid á Juanilla mi hermana que también habrá para ella buenos ducados de plata cuando yo vuelva.

Dicho esto regresó el arquero á las filas y continuó la marcha con sus compañeros. La mujer se quedó lloriqueando, y al llegar junto á ella el barón le dijo:

—¿Lo véis, señor? Siempre ha sido lo mismo; primero se metió á fraile para holgazanear, y porque una mozuela no le quiso, y ahora se me marcha á la guerra dejándome vieja y pobre, sin un alma de Dios que me traiga un brazado de leña del monte....