—Ahórcalo sin tardanza. Hice el voto y hay que cumplirlo. Pero cuélgalo de una verga de su propio barco, que tal fué mi promesa.
Cabeza Negra, aunque herido y con un brazo roto, se había mantenido de pie junto á la borda, entre dos arqueros. Al oir las palabras del barón se estremeció y su rostro se contrajo violentamente.
—¿Ahorcado, yo? exclamó en francés. ¿Muerte de villano, á mí?
—Pues según noticias, dijo el señor de Morel, vos ahorcabais á cuantos caían vivos en vuestras manos, sin distinción de nobles ó plebeyos. Además he hecho voto de colgaros.
—Soy señor de Andelys y corre por mis venas sangre real....
—Sois un pirata desalmado, replicó el barón volviéndole la espalda, á tiempo que dos marineros asían á Cabeza Negra y le echaban el dogal al cuello.
Al sentir la cuerda hizo el jefe pirata un esfuerzo supremo y rompió las ligaduras que ataban sus manos, derribó á uno de los arqueros que le guardaban y asiendo por la cintura con su único brazo sano al marinero que sujetaba la cuerda, lo levantó y se arrojó con él al mar.
—¡Se ha escapado! gritó Simón, corriendo hacia el punto de la cubierta por donde había desaparecido Cabeza Negra.
—Decid más bien que ha muerto, repuso el capitán. Ambos se han hundido en las aguas como un plomo.
—No me pesa, dijo el barón; que si bien no he podido cumplir mi voto, el tal pirata se ha portado como valiente en la lucha, ha muerto como tal y hubiera sido lástima ahorcarlo cual si se tratara de uno de esos menguados que lo acompañaban.