Y los aldeanos que volvían de los campos, agobiados bajo el peso del haz de hierbas, de leña o de espigas, levantaban la espalda encorvada para sonreírle.
Porque todos habían sido buenos con aquel extranjero caído sin saber cómo en ese rincón de la Picardía, y el joven tenía que hacer un esfuerzo de memoria para encontrar una cara altanera y fría vislumbrada a veces en la iglesia y detrás de los cristales del coche, la anciana condesa de Candore.
Sí, conservaba de todos un recuerdo tierno y agradecido y para todos aquellos amigos de su infancia era la sonrisa de la cara varonil que se asomaba a la misma ventana en que, veinte años antes, una graciosa fisonomía femenina sonreía al Porvenir, como él al Pasado.
Para todos la sonrisa, pero para una sola una lágrima, perla rara de los corazones viriles, empañaba el brillo de sus ojos de acero, mientras el joven murmuraba con religioso fervor:
—¡Mi tía Liette!
Carlos Raynal, huérfano desde la cuna, no recordaba más parientes que aquella tía Liette que le había recogido antes de que su boquita sonrosada hubiese balbucido el nombre de «mamá» cuya dulzura no debía jamás saborear.
No sabía de su familia sino que su madre era inglesa y su padre primo lejano del comandante; y la tía Liette los reemplazaba tan bien a los dos, que no hubiera dependido más que de ella el borrarlos completamente.
Pero su exquisita delicadeza le prohibía ese inconsciente egoísmo, y si no le hablaba de su padre, al que, según ella, no había conocido, en cambio entretenía piadosamente la memoria de su madre en el corazón del huérfano.
Cuando el niño había sido bueno, Liette le sentaba en su falda delante del pesado escritorio Imperio, y sacaba de un cajón una fotografía medio borrada que, con una trenza rubia de reflejos de sol, componía el relicario materno.
Carlos besaba el rizo de oro igual a los suyos, y contemplaba gravemente las facciones finas y delicadas de la que él llamaba su «mamaíta» con un dejo de protección varonil que se desarrollaba con la edad, como si adivinase en ella un ser débil y tímido a quien consolar y defender.