De repente desembocó en la plaza debajo de la ventana, una elegante amazona seguida de un jinete de bello aspecto, a pesar de las arrugas que indicaban en él las mordeduras de la edad y de la vida.

La amazona vio al joven en el balcón, descubrió los blancos dientes en una sonrisa y respondió amablemente con una señal del látigo al profundo saludo, devuelto por su compañero con una tiesura enteramente británica.

—¿Quién es esa joven, amigo mío?—preguntó la tía Liette, a quien Carlos no había oído entrar.

—Miss Darling, de la que creo que te he hablado en una carta y a quien no esperaba encontrar aquí...

—¡Ah!

—¿Conoces al personaje que la acompaña?—preguntó Carlos a su vez, para ocultar su embarazo.

Y Liette respondió sencillamente:

—Es el conde Raúl de Candore.

La familia de Candore no se componía ya más que de Raúl y de su tío...

Después de dos años de matrimonio que no le habían dado toda la dicha soñada, Dios había tenido piedad de la joven condesa y la había llamado a él antes de que perdiera sus últimas ilusiones, en las que pudo todavía envolverse para morir, como en aquel traje blanco apenas amarillento con que la enterraron cubierta de flores.