Nunca había reinado en el pueblo semejante fiebre epistolar, a juzgar por el número de contribuyentes que iban a pedir sellos y tarjetas postales.

—Sabe usted, hija mía, la vida es aquí muy barata—decía con volubilidad la buena solterona;—la manteca a una peseta la libra... ¿Las hojas de sellos? Aquí, en este cajón... Se hace una visita a las personas notables, el alcalde, el cura, el notario... ¿Los libros de libranzas? Aquí, en este cajón de la derecha... No le servirán a usted de mucho, como no sea el notario; los campesinos no confían casi sus escudos al Correo; de vez en cuando unas pesetillas al muchacho que está en el ejército... Tendrá usted su silla en la iglesia; es más barato y está mejor visto... El cura es un buen hombre... Los del país no son devotos, pero tampoco contrarios; no la miran a una mal porque vaya a misa... La vecindad con el notario y con los gendarmes tiene algún inconveniente para una joven, pero no olvidando lo que una debe a su sexo, los demás no tienen tampoco ganas de olvidarlo... Candore es más importante que el pueblo cabeza de partido, y tenemos un hospital, donación del difunto conde, un verdadero pródigo, que devoraba el dote de su mujer, pero buen sujeto... El hijo es más orgulloso, que se parece a su madre en lo tieso, aunque la buena señora no se llame más que Neris... Su padre era tratante en lanas, y su hermano podría bien hacerle bajar los humos, pues son sus escudos los que danzan en el castillo... Buena persona también el señor Héctor, pero le aconsejo a usted que le tenga a distancia, pues es muy comprometedor para las jóvenes... ¡Hablo por experiencia!... (La experiencia debía de remontar muy lejos).

Liette escuchaba con paciencia esta charla, solamente interrumpida por alguna breve pregunta o por la voz gangosa de alguna comadre que metía el hocico por la ventanilla como si fuera a arrancársele.

—Buenos días, señorita Beaudoin... Dispénseme usted si la molesto, pero necesito un sello de dos sueldos.

¡Qué suma de curiosidad en ese sacrificio de diez céntimos arrancados a la rapacidad campesina!

Liette, sin parecer echarlo de ver, hacía silenciosamente su oficio, mientras la exempleada le susurraba al oído:

—La tendera de la esquina, una mujer muy lista.

Y otras veces:

—La mujer del carretero, una verdadera chismosa.

—La granjera del Quejigal, una ricacha, pero más mala que un dolor...