—Valor, Liette.

Entonces, a la llamada de «papá,» la niña, dejando el refugio materno, se lanzaba tambaleándose por el patio, vacilando en los primeros pasos, pero sostenida por el acento firme y tierno del soldado que repetía: «Valor, Liette» y se arrojaba sobre su gruesa bota que enlazaba estrechamente entre sus brazos.

Recordaba después la alegría de ser levantada como una pluma y estrechada contra el uniforme bordado de oro, y de sentir en la frente y en el cuello el cálido beso del joven padre.

—¡Bien, Liette, eres valiente...

Después su infancia errante por las guarniciones, recorriendo la Francia y las colonias, del Norte al Mediodía, del Este al Oeste, marcando cada etapa por un galón más.

Después, ya muchachita de cabello menos largo y trajes menos cortos, apoyándose en el brazo de papá (pues ya le da el brazo). Y la niña se estira toda gloriosa, sin notar las miradas de admiración de los oficiales al hacer el saludo militar.

Pero papá las nota y sonríe, halagado en su orgullo paternal.

El oficial está orgulloso de su hija, pero ¡cuánto más lo está la hija de su padre!...

Comandante a los treinta y ocho años, pronto coronel, general acaso... ¡Y quién sabe si irá a recoger del otro lado del Rhin el «bastón» que ya no brota en tierra francesa!

«¡Señor Mariscal!»