—Si el vino era bueno, menos mal—dijo el cura saboreando su Chateau-Lafitte.

—¡Y hay quien se atreve a decir que el hábito no hace al monje!—añadió irónicamente el notario.

Liette se excusaba riendo, ruborizada y confusa, con gran alegría de su maliciosa discípula.

Fue aquella una velada deliciosa.

Olvidando un instante los penosos rigores de su situación presente, Liette reapareció tal como era en otro tiempo en el salón de su padre, la exquisita criatura cuyo encanto indefinible, más poderoso aún que la belleza, había hecho levantarse tantas cabezas bajo el quepis de doble o triple galón de oro.

Blanca, encantada, palmoteaba y no conocía a la señorita; la condesa misma estaba conquistada por aquel aumento de juventud y de gracia.

La de Raynal tomaba una gran parte en el triunfo de su hija y se sentía halagada en su vanidad maternal, sin el menor pensamiento de alarma.

Raúl, el encantador que había provocado ese milagro, experimentaba la orgullosa alegría de Pigmalión ante su estatua animada del soplo divino.

Al volver al pueblo a la luz de la luna, la viuda, sentada enfrente del notario mientras el cura dormitaba a su lado, no pudo contener la exuberancia de su júbilo.

—Una hermosa velada, señor Hardoin, y como quisiera que tuviese muchas mi pobre Liette.