—Pero eso no es una necesidad, mamá—dijo Liette dejando la pluma con resignación;—eres absolutamente libre...
—Sin duda, hija mía, sin duda; pero no querría perjudicarte en tu situación y prefiero dominar mi legítimo orgullo.
—Te aseguro...
—Tu felicidad ante todo, hija mía; por verte dichosa me resignaría a rascar la tierra con las uñas.
—¡Pobre madre mía!—dijo la joven conmovida y sonriente al mismo tiempo,—tan mal concordaba esa idea con la indolencia maternal.
—Si debiera dejarte pronto, me alegraría de que no te quedaras en este pueblo de iroqueses, de saber que estabas rodeada de afecciones dignas de ti y de pensar que encontrarías una segunda madre...
—¡Dios mío! ¿En quién?
—Pues... en la de Candore, que me reemplazaría con gusto a tu lado...
Esta vez Liette no pudo reprimir una franca carcajada, y respondió besando tiernamente a aquella cabeza a la que las canas no habían llevado la razón:
—Nadie podría reemplazarte conmigo, querida mamá, y la de Candore menos que otra... No la conoces; es una mujer superior, pero tan convencida de su superioridad, que el común de los mortales no existe para ella.