—No es a la señorita Raynal a quien debe estar dedicada esta visita; ¿qué quiere usted, pues?
Por fin dijo el joven, rompiendo resueltamente el silencio.
—Debo, señorita, parecer a usted muy torpe y muy tonto, pero por más que hago no puedo separar la función de usted de su persona, y necesito todo mi cariño hacía mi tío...
Liette le miró asombrada.
—En resumen, señorita, el señor Neris, por motivos personales, desea que cierta correspondencia no pase por el castillo ni por las manos de los criados... No queriendo venir a recogerla él mismo, me encarga de ese cuidado cuando estoy aquí... Con la señorita Beaudoin la cosa me era indiferente... pero con usted...
Tenía una expresión tan confusa, que Liette vino en su ayuda:
—Nada más sencillo, caballero; dígame usted las iniciales.
—H. N., 32.
La empleada buscó en la casilla correspondiente y retiró dos cartas de una elegante letra inglesa y sello de Londres, que él hizo desaparecer prestamente en el bolsillo de la americana como si tuviera prisa por sustraerlas a aquella cándida mirada. Después dijo tratando de dar una explicación:
—No hay nada en esto que no sea muy natural. Mi tío hace mucho bien y se interesa paternalmente por muchas personas... Pero mi madre es muy propensa a sospechar el mal, y por no disgustarla... En fin, hay que ser indulgentes con las debilidades de un anciano que es en suma el mejor de los hombres.