Tan bien representaba su papel, que se engañaba a sí misma, y si la de Candore se hubiera presentado de pronto casi la hubiera recibido como invitada.

—Es fastidioso que se te haya olvidado mi hamaca, hija mía. La hubiéramos instalado en la escalinata.

—Hubiera sido inútil, mamá—respondió Liette sonriendo y mostrando una hamaca que se columpiaba en la cubierta de cristales.

—Estoy segura de que es una atención de ese querido don Raúl—exclamó la criolla muy gozosa; sabe que no puedo pasarme sin ella.

Al oír el nombre del amigo fiel y adicto, la clara mirada de Julieta se empañó con una sombra de melancolía. ¡Iba a estar un largo mes sin verle! Y una pena vaga e inconsciente le arrancó un involuntario suspiro.

Pero no tuvo tiempo para abandonarse a esta impresión.

Impaciente por ver y por ser vista, su madre quería dar una vuelta por la playa. Apoyada descuidadamente en el brazo de su hija como una débil y flexible caña, levantaba su talle prematuramente encorvado y andaba a pequeños pasos, con el pecho oprimido, pero con un poco de rosa en las mejillas y un poco de llama en los ojos. Así llegó lentamente a la tienda de campaña objeto de admiración de los bañistas modestos reducidos a una simple caseta decorada con oropeles chillones o con adornos japoneses baratos.

En aquel comienzo del verano no había más que gentecilla; matrimonios viejos y económicos y jóvenes mamás que aprovechaban de su libertad relativa para gozar de aquel delicioso mes de julio tan a propósito para las vacaciones con sus días interminables.

Los niños, sin pensar en su próxima esclavitud, jugaban entusiasmados y se mojaban en los pequeños estanques que hacían con las manos.

La de Raynal, repantigada en una mecedora, sonreía benévolamente a toda aquella familia menuda y se interesaba por las diminutas pescadoras que iban, rojas de placer, a hacerle admirar su cosecha de «frutti di mare», y por los precoces ingenieros que plantaban gravemente una bandera en los minúsculos fuertes que habían construido con la arena.