Era sobre todo el instante supremo, en el recogimiento de la obscura capilla, cuando conoció la inefable embriaguez de un amor correspondido.

¡Pobre Breal! Mago inconsciente, su voz evocaba aquel pasado inolvidable, y mientras le regañaba un poco, Liette acariciaba maquinalmente sus lanas de nieve como las imágenes engañadoras que pasaban ante sus ojos soñadores.

No había vuelto a ver a Raúl ni a su familia, que se habían marchado antes de su vuelta y estaban ya instalados en la Villa Blanca; pero además de una correspondencia activa y cariñosa con su discípula, había recibido varias cartas del joven conde a pesar de su formal prohibición.

En efecto, Liette no era mujer de abandonarse sin resistencia y sin lucha a una pasión cuyos peligros le mostraba claramente su severa conciencia.

Arrancándose a la emoción deliciosa en que la había sumido la declaración espontánea de Raúl, se había dominado valientemente y, mostrándole el callejón sin salida en que iba a meterse imprudentemente, la habló el lenguaje imperioso de la razón y del deber.

Todo les separaba, nombre, posición y fortuna. La de Candore quería seguramente para su hijo el brillante matrimonio que él tenía derecho a esperar, y corresponder a sus bondades introduciendo la perturbación en su casa era una verdadera falta de delicadeza.

—Olvídeme usted, amigo mío: olvide un momento de locura del que no tardaría usted en arrepentirse. Separémonos sin remordimientos, ya que no sin pesar. Nuestro bello sueño se rompería las alas contra las brutales realidades de la existencia; devolvámosle su vuelo y mirémosle perderse en el espacio entre una sonrisa y una lágrima. Este recuerdo será para mí la florecilla azul cogida juntos y que se secará solitaria en la mejor página del libro de mi vida. Para usted será el perfume fugaz respirado al paso y al que no se mezclará ninguna amargura, y más adelante, cuando seamos viejos, muy viejos, si el malicioso azar nos reúne, tendremos la impresión fugitiva, pero exquisita, de haber sido el uno para el otro menos que nada y más que todo.

Raúl no quería oír nada y le cerraba la boca con sus declaraciones inflamadas y sus calurosas protestas, fraseología sentimental en la que sobresalía y de la que se servía esta vez con una sinceridad más comunicativa que su habilidad ordinaria.

La amaba, y el amor era la razón suprema y el supremo deber. La amaba, y ese amor saldría victorioso de todos los obstáculos, cuya importancia, por otra parte, se exageraba Liette. La amaba, y por la sola potencia de ese amor, se comprometía a convencer a la señora de Candore y a obtener su consentimiento.

—Pruebe usted—murmuró ella vencida.