Este accidente tan ligero puso el colmo a su irritación... Con un brusco ademán, barrió todo lo que se encontraba delante de él, y portaplumas, lápiz y papeles volaron hasta el centro de la pieza.

Sólo permaneció en la mesa una carta comenzada.

«Liette.»

¿Liette?

¡La había olvidado!

«Voy a hablar a mi madre, le escribía aquella misma mañana; cuando acabe estas líneas será usted mi prometida a mis ojos como a los suyos.

«¿Late su corazón de usted más de prisa en esta hora en que me juego más que la vida y se acuerda un poco del que no piensa más que en usted?

«Suena la campana... Echo la última mirada a la capilla de Santa Ana, donde tiembla un débil resplandor, estrella de esperanza. Si escucha mis ruegos, esta noche iluminaré su santuario hasta dar envidia a su hermana de Auray.»

Raúl leyó fríamente estas ardientes palabras.

—¡Buena tontería iba a hacer!—masculló entre dientes.