En ese caso...

¿Por qué no después de todo?

Aquel era evidentemente el plan de la señora de Candore, cuya prudencia maternal había desconocido... Y más todavía el deseo del tío Neris, que encontraría difícilmente mejor partido y no regatearía para asegurar la dicha de su hija.

—Además, se pondrá tan contenta la pobre muchacha...—pensaba con la magnanimidad de un príncipe, retorciéndose el fino bigote.

En la playa, acabada la partida, cambiábanse vigorosos apretones de manos al cumplimentar a los vencedores, que eran Blanca y su pareja, un joven discípulo de Saint-Cyr que había reemplazado a Raúl a última hora. Ambos hablaban y reían con un aplomo de buen gusto, pero que no por eso dejó de atacar los nervios un poco irritables del señor de Candore, el cual arrojó el cigarro medio fumado y bajó rápidamente al encuentro de su prima.

Blanca se disponía a volver a la quinta con las facciones animadas por el ardor del juego, mientras la sangre corría más viva bajo su piel transparente y nacarada. Su belleza, un poco frágil, tenía algo de delicado y conmovedor.

—Te sofocas demasiado—dijo el señor Neris con alarmada solicitud;—vas a coger frío.

Pero ya Raúl traía un chal y cubría con él los hombros de la joven con un matiz de galantería que la condesa, en pie en la escalinata, fue la única en observar.

Por sus delgados labios se deslizó una enigmática sonrisa.

—Vamos—pensó,—la novela ha concluido y comienza el idilio.