La boda de Blanca y de su primo se verificaba, sin embargo, en una intimidad buscada exprofeso. El alejamiento de aquel lugar extraviado, y el rigor de la estación (era el mes de diciembre), había permitido a la condesa dar al acto el carácter discreto que convenía a la situación delicada de la novia. Los cuatro testigos y unos cuantos allegados formaban todo el cortejo nupcial y, para ocultar el vacío de aquella fiesta un poco triste, de la que el mismo sol estaba ausente, Neris había invitado a todos los aldeanos al banquete, después del cual los jóvenes casados debían salir para Italia.
Esta feliz idea, que cuadraba muy bien con los gustos de la castellana, había hecho a la de Candore muy popular.
—¡No es tan orgullosa como se dice!—exclamaban las comadres, encantadas de ser admitidas en el castillo.
—Al menos hace vivir al país—declaraban los comerciantes, entusiasmados por la ganga.
—Resucita las antiguas costumbres—decían los viejos en tono de aprobación.
Por otra parte, hacía mucho tiempo que Blanca había ganado todos los corazones, y aunque su repentina metamorfosis hacía murmurar un poco, las frases eran menos malévolas de lo que puede esperarse generalmente de nuestra pobre naturaleza humana.
—¡Bah! Yo había sospechado algo sólo por ver la manera que tenía don Héctor de comérsela con los ojos. Nadie mira de ese modo a su sobrina.
—Con todo, es chistoso eso de casarse casi con su hermana...
—Pero la verdad es que ese matrimonio arregla muchas cosas. Así no se desparramará la fortuna.
Y todos concluían: