¿Qué hiciéramos sin guerra? Ya estuviera olvidada.

Don Martín
de Aragón.
También fué errar el golpe darle un balazo á don Martín de Aragón, conociéndose bien presto su falta.

Iba á dar la Fortuna un capelo á un Azpilqueta Navarro, que hubiera honrado el Sacro Colegio; mas pególa en la mano un tal golpazo, que lo echó en tierra, acudiendo á recogerlo un clerizonte. Y riéndose el picarón, decía:

¡Eh! que no pudiéramos vivir con estos tales. Bástales su fama. Éstos otros sí, que lo reciben humildes y lo pagan agradecidos.

España. Fué á dar á la monarquía de España muchas felicidades, por verla tan católica, como había hecho siempre, dándole las Indias y otros muchos reinos y victorias y el belitre la dió tal encontrón, que saltaron acullá á Francia, con espanto de todo el mundo. Él se escusaba con decir que se había acabado ya la semilla de los cuerdos en España y de los temerarios en Francia. Venecia. Y por desmentir el odio, que le acumulaba ya su malicia, dió algunas victorias á la república de Venecia contra el poder otomano y sola sin Liga, cosa que ha admirado al mundo, escusándose con el tiempo, Casa otomana. que se cansa ya de llevar á cuestas la felicidad otomana, más á fuerza, que de industria.

Desta suerte fué barajando todas las cosas y casos, tanto, que así las dichas como las desdichas se hallaban en los que menos las merecían.

Llegando ya á ejecutar su primer intento, observó allá á la noche, cuando la Fortuna desnudaba sus dos hijos, que de nadie los fiaba, donde ponía los vestidos de cada uno, que eso siempre era con cuidado, en diferentes puestos, porque no se confundiesen. Acudió, pues, el Engaño y, sin ser sentido, trocó los vestidos, mudó los del bien al puesto del mal y los del mal al del bien. Á la mañana la Fortuna, tan descuidada como ciega, vistió á la Virtud el vaquerillo de las espinas, sin más reparar. Y al contrario, el de las flores púsoselo al Vicio, con que quedó éste muy galán. Y ¡él que se ayudó con afeites del Engaño!

No había quien lo conociese. Todos se iban tras él. Metíanle en sus casas, creyendo llevaban el Bien. Algunos lo advirtieron á costa de la experiencia y dijéronlo á los otros. Pocos lo creyeron y, como le veían tan agradable y florido, prosiguieron en su engaño.

Principios
del vicio.
Desde aquel día la Virtud y la Maldad andan trocadas y todo el mundo engañado ó engañándose: los que abrazan la maldad por aquel cebillo del deleite, hállanse después burlados, dan tarde en la cuenta y dicen arrepentidos: No está aquí el verdadero bien, éste es el mal de los males. ¿Luego errado habemos el camino? Fines
de la virtud.
Al contrario, los que desengañados apechugan con la virtud, aunque al principio les parece áspera y sembrada de espinas, pero al fin hallan el verdadero contento y alégranse de tener tanto bien en sus conciencias.

Cargos cargas. ¡Qué florida le parece á éste la hermosura y qué lastimado queda después con mil achaques! ¡Qué lozana al otro la mocedad!; ¡pero cuán presto se marchita! ¡Qué plausible se le representa al ambicioso la dignidad! Vestido viene el cargo de estimación; ¡mas qué pesado le halla después, que le abruma so la carga! ¡Qué gustosa imagina el sanguinario la venganza! ¡Cómo se relame en la sangre del enemigo! Y después, si le dejan, toda la vida anda basqueando lo que los agraviados no pueden digerir. Hasta el agua hurtada es más sabrosa. Chupa la sangre del pobrecillo el ricazo de rapiña; mas después ¡con qué violencia la trueca al restituirla! Dígalo la madre del milano.