¡Eh!, que no piden, le dijo, sino una aguja de marear en este golfo de Circe.
Menos lo entiendo ahora, respondió el librero. Aquí no se vende oro ni plata; sino libros, que son mucho más preciosos.
Esto, pues, buscamos, dijo Critilo, y entre ellos alguno, que nos dé avisos para no perdernos en este laberinto cortesano.
Libros libres. De suerte, señores, que ¿ahora llegáis nuevos? Pues aquí os tengo este librillo, no tomo sino átomo; pero que os guiará al norte de la misma felicidad.
Ésa buscamos.
Aquí la tenéis. Á éste le he visto yo hacer prodigios, porque es arte de ser personas y de tratar con ellas.
Tomóle Critilo. Leyó el título que decía:
El Galateo Cortesano.
¿Qué vale?, preguntó.
Señor, respondió el librero, no tiene precio. Mucho le vale al que le lleva. Estos libros no los vendemos; sino que los empeñamos por un par de reales, que no hay bastante oro ni plata para apreciarlos.