Diciendo y haciendo, arremetió furioso para despedazar con sus dientes aquella cruel tirana; mas no la pudo hallar, que ya ella con todas sus criadas habían dado vuelta, en busca de otros tantos corderillos, para traerlos vendidos al matadero. De suerte que ni aquéllos cesaban de traer ni éstas de despedazar ni de llorar Andrenio tan irreparable daño.
En medio de tan espantosa confusión y cruel matanza, amaneció de la otra parte del valle, por lo más alto de los montes, con rumbos de aurora, otra mujer y con razón otra, que tan cercada de luz, como rodeada de criadas, desalada, cuando más volando, descendía á librar tanto infante como perecía. Ostentó su rostro muy sereno y grave, que de él y de la mucha pedrería de su recamado ropaje despedía tal inundación de luces, que pudieron muy bien suplir y aun con ventajas la ausencia del rey del día. Era hermosa por extremo y coronada por reina entre todas aquellas beldades sus ministras.
¡Oh, dicha rara! Al mismo punto que la descubrieron las encarnizadas fieras, cesando de la matanza, se fueron retirando á todo huir y, dando espantosos aullidos, se hundieron en sus cavernas. Llegó piadosa ella y comenzó á recoger los pocos que habían quedado y aun ésos muy malparados de araños y de heridas.
Íbanlos buscando con gran solicitud aquellas hermosísimas doncellas y aun sacaron muchos de las oscuras cuevas y de las mismas gargantas de los monstruos, recogiendo y amparando cuantos pudieron. Y notó Andrenio que eran éstos de los más pobres y de los menos asistidos de aquella maldita hembra. De modo que en los más principales, como más lucidos, habían hecho las fieras mayor riza.
Cuando los tuvo todos juntos, sacólos á toda prisa de aquella tan peligrosa estancia, guiándolos de la otra parte del valle, el monte arriba, no parando hasta llegar á lo más alto, que es lo más seguro. Desde allí se pusieron á ver y contemplar con la luz, que su gran libertadora les comunicaba, el gran peligro en que habían estado y hasta entonces no conocido.
Teniéndolos ya en salvo, fué repartiendo preciosísimas piedras, una á cada uno que, sobre otras virtudes contra cualquier riesgo, arrojaban de sí una luz tan clara y apacible, que hacían de la noche día: y lo que más se estimaba, era el ser indefectible. Fuélos encomendando á algunos sabios varones, que los apadrinasen y guiasen siempre cuesta arriba, hasta la gran ciudad del mundo.
Ya en esto se oían otros tantos alaridos de otros tantos niños que, acometidos en el funesto valle de las fieras, estaban pereciendo. Al mismo punto aquella piadosa reina, con todas sus amazonas, marchó volando á socorrerlos.
Estaba atónito Andrenio de lo que había visto, parangonando tan diferentes sucesos y en ellos la alternación de males y de bienes de esta vida.
¡Qué dos mujeres éstas tan contrarias!, decía. ¡Qué asuntos tan diferentes! ¿No me dirás, Critilo, quién es aquella primera para aborrecerla y quién esta segunda para celebrarla?
¿Qué te parece, dijo, de esta primera entrada del mundo? ¿No es muy conforme á él y á lo que yo te decía? Nota bien lo que acá se usa y, si tal es el principio, díme ¿cuáles serán los progresos y sus fines? Para que abras los ojos y vivas siempre alerta entre enemigos, saber deseas quién es aquella primera y cruel mujer, que tú tanto aplaudías. Créeme que ni el alabar ni el vituperar ha de ser hasta el fin.