Y repantigóse en una silla poltrona.

Sin duda que esta es la escuela de Epicuro, dijo Andrenio.

No será, respondió Critilo: que aquel filósofo no hablaba italiano.

¡Qué importa, si lo obraba y lo vivía! Sea lo que fuere, éste puede ser maestro de aquel otro.

Llegó uno, que platicaba en pachorra y díjole:

Messere, ¿qué remedio para tener buenos días y mejores años?

Aquí él, abriendo un geme de boca de los del gigante Goliat, habiendo hecho la salva á carcajadas, le respondió:

Bono, bono, sentaos, que mientras pudiereis estar sentado, nunca habéis de estar en pie. Yo os quiero dar mejor regla de todas, la nata del vivir; pero habéismela de pagar en trentines catalanes.

No será posible, respondió.

¿Por qué no?