En unos polvos más letíferos, que los de Milán; más pestilentes, que los de un royo, de un malsín, de un traidor, de una madrastra, de un cuñado y de una suegra.
¿Diráslo porque estos valientes siempre acaban levantando polvaredas, que paran en lodos de sangre?
No; sino con toda realidad digo que la malicia humana se ha adelantado de modo, que no deja de obrar á los venideros. Ella ha inventado ciertos polvos tan venenosos y tan eficaces, que han sido la peste y la ruina de todos los grandes hombres. Y desde que éstos corren y aun vuelan, no ha quedado hombre de valor en el mundo. Con todos los famosos han acabado. No hay que tratar ya de Cides ni de Roldanes, como en otros tiempos. Fuera ahora Hércules juguete, viviera Sansón de milagro. Dígoos que han desterrado del mundo la valentía y la braveza.
¿Y qué polvos son esos tan traidores?, preguntó Critilo. ¿Son acaso de basiliscos molidos? ¿De entrañas de víboras destiladas? ¿De colas de escorpiones? ¿De ojos envidiosos ó lascivos? ¿De intenciones torcidas? ¿De voluntades malévolas? ¿De lenguas maldicientes? ¿Hase vuelto á quebrar otra redomilla en Delfos, apestando toda la Asia?
Aún son peores y, aunque dicen componerse de aquel alcrebite infernal, del salitre estigio y de carbones alentados á esternudos del demonio; pero yo digo que del corazón humano, que excede á la intratabilidad de las Furias, á la inexorabilidad de las Parcas, á la crueldad de la guerra, á la tiranía de la muerte. Que no puede ser otro una invención tan sacrílega, tan execrable, tan impía y tan fatal, Estragos
de la pólvora. como es la pólvora, dicha así, porque convierte en polvo el género humano. Ésta ha acabado con los Héctores de Troya, con los Aquiles de Grecia, con los Bernardos de España. Ya no hay corazón ni valen fuerzas ni aprovecha la destreza. Un niño derriba un gigante, un gallina hace tiro á un león y al más valiente el cobarde, con que ya ninguno puede lucir ni campear.
Antes ahora, dijo Critilo, he oído ponderar que está más adelantado el valor, que antes. Porque ¿cuánto más corazón es menester para meterse un hombre por cien mil bocas de fuego? ¿Cuánto más ánimo para esperar un torbellino de bombardas, hecho terrero de rayos? Ése sí que es valor; que todo lo antiguo fué niñería. Ahora está el valor en su punto, que es en un corazón intrépido; que entonces en un buen brazo, en tener más fuerza que un gañán, en los jarretes de un salvaje.
Engáñase de barra á barra quien tal dice. ¡Qué dictamen tan exótico y errado! Temeridad
valerosa. Pues ése, que él celebra, no es valor ni lo conoce; no es sino temeridad y locura, que es muy diferente.
Ahora digo, confirmó Andrenio, que la guerra es para temerarios y aun por eso diría aquel gran hombre, tan celebrado de prudente en España, en la primera batalla y la última en que se halló, oyendo zumbir las balas:
¿Es posible, que desto gustaba mi padre?
Y hanle seguido muchos, confirmándose en su opinión tan segura. Siempre oí decir que desde que riñeron la Valentía y la Cordura, nunca más han hecho paz. Aquélla salió de sus casillas á campaña y ésta se apeló el juicio.