Venía una mujer con más años que cabellos, menos dientes y más arrugas, en busca de la Virtud.
¡Tan tarde, exclamó Andrenio! Éstas yo juraría que vienen más porque las echa el mundo, que por buscar el cielo.
Déjala, dijo Virtelia, y estímesele el no haber abierto escuela de maldad con cátreda de pestilencia. Yo aseguro que, por viejos que sean, que no vengan el tahur ni el ambicioso ni el avaro ni el bebedor: son bestias alquiladas del vicio, que todas caen muertas en el camino de su ruindad.
Deshonestos
incurables.
Al contrario le sucedió á uno, que llegó en busca de la Castidad, ahito de la torpeza, gran gentilhombre de Venus, idólatra de su hijuelo. Pidió ser admitido en la cofadría de la continencia; pero no fué escuchado, por más que él abominaba de la lujuria, escupiendo y asqueando su inmundicia. Y aunque muchos de los presentes rogaron por él,
No haré tal, decía la Honestidad: no hay que fiar en éstos, bien se ayuna después de harto. Creedme que estos torpes son como los gatos de algalia, que, en volviéndoseles á llenar el senillo, se revuelcan.
Venían unos, al parecer, muy puestos en el cielo, pues miraban á él.
Éstos sí, dijo Andrenio, que con el cuerpo están en la tierra y con el espíritu en el cielo.
¡Oh, cómo te engañas!, dijo la Sagacidad, gran ministra de Virtelia. Advierte que hay algunos que, cuando más miran al cielo, entonces están más puestos en la tierra. Aquel primero es un mercader, que tiene gran cantidad de trigo para vender y anda conjurando las nubes á los ojos de sus enemigos. Al contrario, aquel otro es un labrador hidrópico de la lluvia, que jamás se vió harto de agua y anda conciliando nublados. Éste de aquí es un blasfemo, que nunca se acuerda del cielo, sino para jurarle. Aquél pide venganza y el otro es un rondante, lechuzo de las tinieblas, que desea la noche más escura, para capa de sus ruindades.
Virtud
afectada.