Atrevete a acusarte a ti mismo: prosigue.

MANFREDO.

Se me parecia en lo esterior, en los ojos, en la cabellera, en sus facciones y aun en su metal de voz; pero en ella todo estaba suavizado y hermoseado por sus atractivos. Lo mismo que yo, tenia un amor decidido por la soledad, el gusto por las ciencias secretas y un alma capaz de abrazar al universo; pero tenia ademas la compasion, el don de los agasajos y de las lagrimas, una ternura … que ella sola podia inspirarme, y una modestia que yo nunca he tenido. Sus faltas me pertenecen: sus virtudes eran todas suyas. Yo la amaba y le prive de la vida.

LA ENCANTADORA.

?Con tus propias manos?

MANFREDO.

iCon mis propias manos! no; fue mi corazon el que marchito el suyo y le destrozo. He derramado su sangre, pero no ha sido la suya. Su sangre ha corrido sin embargo, he vislo su pecho desgarrado y no he podido curar sus heridas.

LA ENCANTADORA.

?Es esto todo lo que tienes que decir? haciendo parte a pesar tuyo de una raza que tu desprecias, tu que quieres ennoblecerla elevandote hasta nosotros ipuedes olvidar los dones de nuestros conocimientos sublimes y caer en los bajos pensamientos de la muerte! no te reconozco.

MANFREDO.