Tal es la edicion que presentamos y que viene á agregar un volúmen mas á nuestra Biblioteca de Escritores Argentinos, de la cual forma parte integrante, habiendo por consiguiente adoptado el mismo formato y papel de los ya publicados, continuando nuestro propósito.

C. C.

CARTA-PREFACIO
DE LA PRIMERA EDICION

Buenos Aires, Marzo 1º de 1854.

Recuerdo que en uno de los mas bellos capítulos de sus Impresiones de Viage, me llamó «poeta por vocacion».

Hoy, al tiempo de publicar mis poesías, se me ocurre retribuir á Vd. aquella fineza, colocando esta carta al frente de su primera edicion. En el mismo capítulo en que me hacía el agradable cumplimiento que he citado, decía Vd., hablando del sitio de Montevideo, de que yo era soldado en aquella época:—«En medio de este caos de intereses, respirando la atmósfera cargada de humo, y encerradas en un horizonte que á cada punto tiene aparejadas tormentas que de una hora á otra pueden descargar sobre sus cabezas, las musas argentinas, cualquiera que sea la ribera donde les sea permitido entregarse á sus sueños, lo divinizan todo, hasta la desesperacion y el desencanto. Me parece que una causa profunda hace al pueblo español por todas partes poeta: inteligencias caidas, como aquellos nobles de otro tiempo descendidos á la plebe, con organizaciones é instintos desenvueltos; mentes elevadas y ociosas que se remueven y agitan én su nada, revelando su elevada condicion por entre los harapos que las cubren. El español, inhábil para el comercio, que esplotan á sus ojos, naves, hombres y caudales de otras naciones, negado para la industria, la maquinaria y las artes; destituido de luces para hacer andar la ciencias, ó mantenerlas siquiera, rechazado por la vida moderna para que no está preparado, el español se encierra en sí mismo y hace versos; monólogo sublime á veces, estéril siempre, que le hace sentirse ser inteligente y capaz si pudiera, de accion y de vida, por las transformaciones que hace esperimentar á la naturaleza que engalana en su gabinete, como lo haria el norte-americano con el hacha de los campos, aquel poeta práctico que hace una pastoral de un desierto inculto, é inventa pueblos y maravillas de la civilizacion, cuando del bosque asoma su cabeza á la márgen del rio aun no ocupado. ¡Yo os disculpo, poetas argentinos! Vuestras endechas protestarán por mucho tiempo contra la suerte de vuestra patria. Haced versos y poblad el rio de seres fantásticos, ya que las naves no vienen á turbar el terso espejo de sus aguas. Y mientras otros fecundan la tierra, y cruzan á vuestros ojos con sus naves cargadas el almo rio, cantad vosotros como la cigarra; contad sílabas, mientras los recien venidos cuentan patacones; pintad las bellezas del rio que otros navegan; describid las florestas y campiñas, los sotos y bosquecillos de vuestra patria; mientras el teodolito y el grafómetro, prosáicos en demasía, describen á su modo y para otros fines, los accidentes del terreno.—¡Qué de riquezas de inteligencia, y cuánta fecundidad de imaginacion perdidas! ¡Cuántos progresos para la industria, y qué saltos daria la ciencia si esta fuerza de voluntad, si aquel trabajo de horas de contraccion intensa en que el espíritu del poeta está exaltado hasta hacerle chispear los ojos, clavado en su asiento, encendido su cerebro y agitándose todas sus fibras, se empleara en encontrar una aplicacion de las fuerzas físicas para producir un resultado útil!»

La diatriva es un poco fuerte, y aunque algo merecida, hace tiempo que le guardo rencor por la parte que me toca como soldado raso en la falange de poetas del Rio de la Plata, que ha divinizado hasta la desesperacion y el desencanto. Monólogo estéril, mentes decaidas, hombres incapaces para la accion, inhábiles para el trabajo, derrochadores de la inteligencia, tales son los calificativos que prodiga á la poesía y á los poetas, deplorando que la fuerza creadora aplicada á ensanchar los límites del mundo inmaterial no se hubiese aplicado esclusivamente á hacer alguna nueva conquista sobre el mundo material. Para confusion de sus detractores y para honor de la poesía, ha tenido que valerse de su propio lenguaje al atacarla, como esos caudillos de la montonera, que al mismo tiempo que procuraban desacreditar la táctica europea, se servian para contrarrestarla de sus propias maniobras mal aprendidas y peor enseñadas.

Ya veo, que si le diesen á organizar el mundo, desterraría como Platon, á los poetas de su república, sin embargo de que Vd., lo mismo que aquel grande hombre, tiene mas de poeta que de filósofo, y solo le falta para complementar su inteligencia privilegiada, iluminar la parte tenebrosa de su mente con la luz resplandeciente de la poesia.

Tal es el objeto que me propongo en esta carta, y creo que lo conseguiré, haciendo resonar en el fondo de su conciencia aquella voz misteriosa que gritó á San Pablo, perseguidor de los cristianos:—«Saulo, ¿por qué me persigues?»

Habiendo V. estudiado filosofía sin maestro, como yo, debe haber leido á Herder, Bouterweck, Richter, Jouffroi, Schlegel, Burke, Winckelman y tantos otros, y por consecuencia debe saber lo que es estética, palabra derivada del griego, que, si hemos de dar crédito á los que comprenden este idioma, significa sensacion, sentido, facultad de sentir; y por medio de la cual se designa la parte de aquella ciencia que esplica y analiza la teoría de lo bello, de lo agradable y lo sublime. Asunto es este que ha inspirado á Kant uno de sus libros mas serios y bien pensados, libro que obligó á los espíritus mas austeros á dar carta de ciudadanía en los dominios filosóficos á la ciencia de la estética, que ya Baumgarten habia bautizado con el nombre alambicado de «Filosofía de las Gracias y de las Musas».