XI
TU ESTRELLA
(CANCION ARREGLADA Á MÚSICA)

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En medio de la noche
Al contemplar tu estrella,
En su fulgente huella
Mi alma te busca á tí;
Y pienso que al mirarla
Brillando placentera
En celeste esfera,
Te acordarás de mí.
Ausente de tu lado
Mirando ese astro bello
Creeré ver un destello
Emanacion de tí;
Y esclamaré con ansia:—
Tal vez la hermosa mia
En medio á la alegría
Se olvidará de mí!
Cuando de tí me aleje
Y á los combates vaya,
En medio á la batalla
Me acordaré de tí,
Y esperaré la noche
Para calmar mi anhelo,
Interrogando al cielo:—
¿Se acordará de mí?
¡Adios! nunca me olvides,
Y que tu estrella amiga
Siempre á tu mente diga
Que estoy pensando en tí:
Y si en el campo caigo
Por la metralla muerto,
Mira ese rayo incierto
Y acuérdate de mí.

XII
NADA DIRÉ

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La belleza se ciñe la corona
Que entretege el amor y la amistad,
Arrancando una flor á cada zona,
Tomando un pensamiento á cada edad.
Y la contempla el mundo entusiasmado,
Coronada, de pié sobre el altar,
Sobre el altar de joyas incrustado,
Cubierto de jazmines y azahar.
Por eso guardo mi modesta ofrenda
Que es la silvestre y solitaria flor,
Que á tu corona, de las gracias prenda,
Dar no puede fragancia ni esplendor.
Yo que no tengo cortesano genio
Nada quiero decir ante tu altar,
Cuando otros mil las flores de su ingenio
Á tus plantas vendrán á derramar.
Nunca con alabanzas fementidas
Incensaré las luces de tu faz,
Solo palabras tiernas y sentidas
En vez de incienso mentidor tendrás.
No en la trípode de oro del poeta
Belleza celestial te cantaré,
Pero tendrás mi admiracion secreta,
Y poseerás del corazon la fé.
No te diré si es bella tu cabeza,
Ni si tienes de Fidias el perfil,
Ni si tu frente, cielo de pureza,
Está cubierto con estrellas mil.
No te diré si tu alma resplandece
Como diamante en urna de cristal,
Ni si tu seno blando se estremece
Como la niebla al soplo matinal.
No te diré si el labio que enamora
En sus palabras desparrama miel,
Ni si al caer, cual perlas del aurora,
Hacen brotar las flores del vergel.
No te diré si tus hermosos ojos
Son dos astros que Dios dejó caer,
Para alumbrar los púdicos sonrojos
Que tus mejillas suelen encender.
No te diré si tus cabellos rubios
Que circundan tu frente cual capuz,
Llamas son de magnéticos efluvios
Que de tu mente vuelan á la luz.
No te diré si tus airosos brazos
Los gajos son de madreselva en flor
Si se entreabren para dar abrazos
Y al pino añoso visten con amor.
Solo diré:—«Jamas á tu cabeza
Falte la eterna flor de la virtud,
Ni la sonrisa falte á tu belleza,
Ni al corazon le falte su quietud.»

XIII
EN EL ÁLBUM
DE LA HIJA PÓSTUMA DE UN COMPAÑERO DE ARMAS

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En el libro inmortal de nuestra historia
Busco un nombre que guarda mi memoria
Y tu filial amor,
Y al encontrar la página enlutada
La veo al mismo tiempo señalada
Por una fresca y perfumada flor.