Después miró las monedas, y tomando dos las presentó a Salvador, diciéndole:

—Estas dos están de más. Con una basta. No debe haber prodigalidad ni aun en la limosna, porque otro pobre necesitará mañana lo que hoy me has dado a mí de más.

—Ya te dije la semana pasada —repuso Monsalud— que ese vestido que llevas, aunque no carece de decencia, está pidiendo sustituto.

—¡Qué tonto eres! Pues no faltaba más... Por tu vida, que estamos en situación de presumir. ¿Quieres que me vista de raso?

—No me gusta la gente mal vestida.

—Pero, hermano, te olvidas de una cosa.

—¿De qué?

—De que pido limosna. Soy más pobrecita que esas que por las calles alargan su mano flaca y piden por Dios. Si tú no existieras...

—Pero como existo... Me parece que no soy una sombra vana, como la libertad de que habla el discurso.

—Sí; pero comprar vestidos sería abusar de tu caridad. Trabajas mucho, trabajas como un esclavo para mantener a tu madre, para socorrernos a mi padre y a mí.