—Pues si es usted el diputado Riego —añadió Morillo con mayor desprecio todavía—, váyase usted al Congreso, que aquí no tiene nada que hacer.
Cuando Morillo volvió la espalda para seguir dando órdenes, Riego pronunció en voz alta los consabidos términos de alarma, que tanto efecto han hecho siempre en el ánimo de los patriotas.
—¡La libertad se pierde!... ¡Estamos rodeados de precipicios!
Toda la razón estaba entonces de parte del general Morillo. Los milicianos de San Miguel y los del batallón Sagrado no bastaban para la tercera parte de los guardias que había en Palacio. Solo en la exaltada cabeza de aquel fanático ídolo del pueblo cabía la idea de atacar tan desventajosamente a fuerzas tan aguerridas. El mismo San Miguel lo comprendió así, y atajaba el ardor impetuoso de sus sagradas tropas, diciéndoles:
—Orden, señores; moderación, por Dios; que nos perdemos.
El batallón Sagrado marchó hacia la plaza de Santo Domingo, y algún energúmeno gritaba en sus filas: «¡Estamos vendidos!»
Los milicianos no dormían. Fijos en sus guardias, con los ojos del alma puestos en un ideal de eterna gloria; impacientes, anhelantes; inflamados en amor a la libertad; ciegos con aquella noble ceguera que a veces hace dar tropezones y a veces impulsa hasta los cielos; poseídos de su papel con cierta petulancia, pero al mismo tiempo con la dignidad y firmeza propias de las circunstancias, aquellos honrados vecinos de Madrid esperaban la hora suprema. La idea de arreglo, componenda o pastel (era la palabra de moda) les enfurecía. El mismo Morillo, que tan bien cumplía su misión, era mirado con recelo. De los ministros nadie hacía caso, ni rey ni pueblo, ni ejército ni Milicia. No es posible concebir siete figuras más tristes que las de aquellos abogados o literatos, que contemporizaban con los guardias a condición de que estableciesen las dos Cámaras y el veto.
Frente al Parque de San Gil había en la tarde del 6 varios milicianos, paisanos del batallón Sagrado, oficiales del ejército y también algunos de los guardias leales. Formábanse allí diversos grupos de campamento, los unos sentados, en pie los otros, estos en torno a las aguadoras, aquellos paseando a lo largo de la plazoleta. Casi todos nuestros conocidos estaban allí, incluso el nunca bien ponderado Sarmiento, que no había soltado el uniforme ni explicado cosa alguna de los Gracos desde el día 30; pero su lengua no podía estar inactiva tanto tiempo, y pasaban de ciento las arengas que en los primeros días de julio había dirigido a sus compañeros en Platerías, en Santo Domingo y en otros distintos puntos. Aquella tarde del 6 estaba ronco y casi asmático, mas no por eso callaba; y como don Primitivo Cordero se atreviese, ¡nefanda idea!, a disculpar a los siete carbuncos, o sea ministros, don Patricio hizo su apología en estos o parecidos términos:
—¡Qué ha de pasar en una nación donde ocupa la poltrona de Estado una Rosita la Pastelera, señores, una dama...! vamos, le llamaré hombre; pero, ¡qué hombre! ¿Se gobierna una nación haciendo versos? Si al menos fueran como los de Virgilio; pero allá se va con Rabadán, ni más ni menos, porque lo digo yo. ¿Qué importa que pronuncie discursos bonitos, pulidos y llenos de embustes? ¡Vaya unos políticos! Empezó deprimiendo a nuestro querido ídolo Riego, y ha concluido defendiendo a la aristocracia y pretendiendo que le den un título. Sí, para él estaba... Será capaz de vender a Cristo por treinta Cámaras (pues no se contentará con dos) y por el veto absoluto. Yo..., no lo digo por crueldad, señores, le ahorcaría sin el menor escrúpulo.
»Y ¿qué diré del Aprendiz,[10] señores, del hombre infame que ideó el Reglamento para destruir la Milicia, de ese pedantón, que mientras la patria está en peligro se ocupa en disponer que siembren lino de Irlanda en los campos de Calatayud? ¿Por qué he de ocultarlo? Yo, si estuviera en mi mano, le ahorcaría... Pues bueno va con Garelli,[11] ese jesuitón, ese abogadillo sin pleitos que tan mal habla del ejército de la Isla y que ha defendido el feudalismo; sí, señores, ha defendido los señoríos... Yo..., ¡chilindrón, chilindraina!..., no vacilaría un momento y le ahorcaría también.