«Pero, ¿y si van? —pensó después—. Si le llevan a la cárcel como está... Se morirá por el camino... No, no irán: es imposible que se acuerden de tal cosa. Lo peor es que no tenemos nada. ¡Qué disparate haber dado al señor Naranjo todo el dinero!... ¿Quién nos amparará si no encuentro hoy al batallón Sagrado?... Y he de encontrarle... Veremos más tarde... Esto acabará pronto... ¡Pero si le sucede algo, si le matan!...»

El terror que esta idea le producía la desconcertó un momento; pero llenándose de fe, su alma privilegiada se tranquilizaba. Dios, sin embargo, no quiso que en aquella aciaga mañana fueran dichosas las horas de la infeliz joven, y no la dejó andar veinte pasos en paz. Por la calle de las Fuentes, por la de las Hileras, subían columnas de milicianos granaderos, terribles, amenazadores: iban a cubrir el flanco de la plaza. El paso por aquella parte estaba cortado.

Soledad, viendo la alarma del vecindario, quedó yerta de espanto. Gritaban en los balcones las mujeres, lloraban algunas, votaban los hombres. Cerrábanse puertas, se desocupaba a toda prisa la calle; hasta los perros huían despavoridos. Por un instante no supo la pobre qué resolución tomar; vaciló entre seguir bajando o correr de nuevo hacia arriba. El aspecto imponente de las tropas que subían la ofuscó de tal modo, que tomó el peor partido, corriendo hacia la calle Mayor; pero dos mujeres que iban hacia la de Santiago, indicáronle aquella dirección como la mejor. Las siguió sin vacilar, creyendo encontrar por allí fácil acceso hacia su casa; pero no había llegado a la calle de Milaneses, cuando sintió el horrible estrépito de miles de disparos, gritos, vivas y mueras, un bramido colosal, mezcla de humanas voces y de la tremenda palabra de los cañones. El valor le faltó de súbito entonces, y tuvo que apoyarse en la pared para no caer.

En la calle de Santiago había espacio suficiente para ponerse a salvo de las balas, y era considerable la multitud de curiosos. Muchos de estos emprendieron la retirada hacia la parroquia para apartarse lo más posible del lugar de la refriega; pero unas mujeres que subían de la plaza de Oriente gritaron:

—¿A dónde van ustedes? Los guardias de Palacio han subido a San Nicolás y vienen todos hacia acá.

Al oír esto, muchos se metían precipitadamente en las casas, otros se agolpaban en las calles del Espejo y de Mesón de Paños. La de Santiago quedó vacía.

¿En dónde está Solita? El narrador lo ignora, y llamado por el duelo en que se empeñan rencorosamente Despotismo y Libertad, no trata por ahora de averiguarlo.

XIX

Cuando el brigadier Palarea, aquel famoso guerrillero del año 8 (a quien llamaban el Médico, porque curó gente por la ciencia antes de matarla con la espada), supo que venían los esclavos, tomó sus disposiciones en la Plaza Mayor, donde estaba con los milicianos. El oficial de artillería que mandaba las piezas dormía en la Panadería, y avisado del peligro, saltó por un balcón para llegar más pronto a su puesto. Felizmente, todos estaban preparados, y no hubo más confusión que la propia de tales casos. Los milicianos, a causa del entusiasmo que les poseía, no perdieron la serenidad en aquella mañana; y si alguno temblaba dentro de su uniforme, como parece creíble, esto no pasó de la esfera individual, y la Institución se sostuvo firme y tranquila. Por primera vez en su vida, aquello que parecía destinado a ser pequeño, empezaba a ser grande. Hombres de costumbres pacíficas y sin ideal guerrero de ninguna clase, iban a familiarizarse con el heroísmo. Estos milagros los hace la fe del deber, la religión de las creencias políticas cuando tienen pureza, honradez y profundas raíces en el corazón.

Por la calle Mayor adelante avanzó la columna de guardias, tan orgullosa como si fuese a una parada, al son de sus ruidosos tambores, y dando vivas al rey absoluto. Era costumbre entre los guardias llamar a los milicianos soldaditos de papel. Ya se acercaba el momento de probarlo, y esgrimidas las armas de uno y otro bando, iban a chocar el acero y el cartón. Nada más imponente que los rebeldes. Sus barbados gastadores, cubiertos con el mandil de cuero blanco, parecían gigantes; sus tambores eran un trueno continuado, su actitud marcial perfecta, su orden para el ataque inmejorable, sus vivas infundían miedo, sus ojos echaban fuego.