—¡Viva la Milicia nacional!

Un patriota exclamó:

—¡Viva don Primitivo Cordero!

—Gracias, gracias, mil gracias —dijo galantemente el héroe saludando a un lado y otro—. Pero apartarse, apartarse, señoras.

El sobrino de don Benigno pasó; pero un nuevo grupo le detuvo.

—¿Qué hay aquí? —preguntó observando que varias personas levantaban del suelo a una mujer.

—Nada —respondió un viejo—. Esta señora se ha desmayado.

La desmayada, puesta al fin en pie, abrió los ojos, miró a todos lados con estupor, apartándose con las manos el cabello que sobra la frente le caía. Pálida y temblorosa decía.

—¿El batallón Sagrado?...

Don Primitivo seguía abriéndose paso. La multitud cambió de postura y moviose toda la gente de una parte a otra. Entonces la desmayada desapareció.