Todo fue bien hasta aquel instante; pero en el mismo punto, la cuestión que ya podemos llamar del 7 de julio empezó a tomar antipático sesgo. Comenzaron los tratos para la capitulación; constituyose en la Casa-Panadería, una Junta de hombres débiles, que no supieron tomar resolución alguna de provecho en el momento del peligro, y que ahora querían nada menos que declarar la incapacidad moral del rey. Palacio envió ante la Junta sus más sagaces agentes, y discutiose si debían los guardias rendir las armas, cuando tan fácil era quitárselas.

No es decible lo que se movió aquella gente desde Palacio a la Casa-Panadería, y qué número de cortesanos y oficiales entraron en danza, trayendo y llevando recados. Por último, la diplomacia dijo su última palabra, y se estipuló que los cuatro batallones que habían invadido la capital se rendirían a discreción; pero que los otros dos las conservarían, saliendo de la Corte para Vicálvaro y Leganés. En uno de aquellos dos estaban los asesinos de Landáburu.

Extendida la noticia de este convenio entre los patriotas, la mayor parte se dieron por satisfechos, y el pueblo en general llenose de alegría viendo asegurada la paz, sometida la rebelión y atajada la sangre, que había empezado a correr en abundancia. En las largas horas que pasaron desde que se suspendieron las hostilidades hasta que se supo el resultado de las negociaciones, toda la gente armada, pueblo y tropa, ocupó sus puestos, atenta a los movimientos de los acorralados guardias, y cada vez se estrechaba y fortificaba más el círculo en que estaban metidos. En la plaza de Oriente, el batallón Sagrado y el regimiento del Infante don Carlos cortaban la comunicación con toda la parte de los Caños y la Encarnación. En los Consejos y en las calles del Factor y la Cruzada, los tres batallones de la Plaza Mayor con algunas piezas, presentaban un baluarte infranqueable al enemigo.

La suspensión de hostilidades no podía ser más alegre. El pueblo, no pudiendo mezclarse con la Milicia y tropa, rigurosamente formada, se acercaba a ellas lo más posible, y con las últimas filas se juntaban apretadas falanges de mujeres, ancianos y gente de todas clases, que, no contentos con estar tan cerca, asomaban el hocico por encima de los hombros y por entre las bayonetas de los soldados. Todos pedían noticia, todos querían saber hasta los menores detalles de los desaforados combates de aquel día; preguntaban estos por el hermano o por el padre, y algunos, viéndole desde lejos en apartada fila, saludábanles con pañuelos. El pueblo llamaba a los suyos, pronunciando los más cariñosos nombres, y desde las compañías respondían voces festivas con la alegría de la salud y del triunfo.

Pero también molestaba en algunas partes la muchedumbre curiosa. En el batallón Sagrado, un individuo empujó hacia atrás un racimo de mujeres que parecían querer subir sobre sus hombros. En el mismo instante se sintió fuertemente asido del brazo; oyó una voz. ¡Oh sorpresa de las sorpresas!

—¡Solita, tú aquí!... ¿Pero eres tú?... —exclamó con júbilo, apartando a otras personas para que la joven estuviera cómodamente a su lado.

—Desde la madrugada te estoy buscando, hermano. ¡Gracias a Dios que al fin ha querido que te encuentre! —dijo Soledad con inmensa alegría.

Sonriendo de placer, la demacración y palidez de su rostro se disipaban por un instante como las oscuridades de un cielo que de súbito ilumina el sol. Mas eran demasiado grandes el desorden de su persona y la alteración de su semblante, por el cual habían pasado aquel día más lágrimas que balas por el ámbito de la calle Mayor, para que un pasajero regocijo los disipase.

—A ti te pasa algo: ¿qué tienes? —preguntó Monsalud, poniéndole la mano izquierda en el hombro, mientras con la derecha sostenía el fusil.

—Me pasan cosas terribles... —repuso ella con angustioso acento—. Buscándote estoy desde las dos de la madrugada... Mi padre se muere.