—¿Más? Tú también has perdido el juicio. No aumentes mi curiosidad.
—¿Tienes mucha?
—Muchísima. Me abraso... ¡Bah! Tú quieres confundirme. ¿Cómo puedo yo creer que tú, que tú, un hombre tan bueno, tan generoso, hayas ofendido...? Porque mi padre ha de creer que tú le has ofendido personalmente.
—Personalmente.
—¿De qué manera?
—Imagina la peor.
—¿Y la ofensa ha sido grande?
—Inmensa.
—Mentira, mentira. Por Dios, no me atormentes.
—Tú me atormentas a mí de un modo cruel.