—La tenemos de sobra.

—No; porque esta es la hora en que yo no sé de qué vivo, ni cómo vivirás tú el día en que yo falte.

—Y para remediar mi orfandad y mi abandono, usted quiere matarse. ¡Linda precaución! —A quien todo lo ha perdido, hija mía, se le puede perdonar que haga algún disparate.

—¡Quien todo lo ha perdido!... ¿Acaso no vivo yo, o no soy nada?

—Tú eres mucho, tú eres todo; eres todo para mí. Verdad es que te conservo —dijo Gil de la Cuadra abrazando a su hija—. Pues qué... ¿crees tú que si no existieras, si no tuviera yo junto a mí este rayo de luz que da vida a mi vida, y esta alma que da apoyo a mi alma, podría sostenerme un día más? ¿Crees que puede sostenerse quien está perdido, humillado, miserable, deshonrado, sin otro lazo con la sociedad que el desprecio que ella me muestra y la limosna que me da un pobre maestro de escuela? La religión no basta a consolar a los que hemos fomentado en nuestro entendimiento ciertas ideas. Es triste decirlo; pero debe decirse porque es verdad... Mira tú lo que es el destino, Dios, la Providencia o como quieran llamarlo. En medio de mis desastres, de mi padecimiento, de mi deshonra, yo tenía una esperanza.

Soledad hizo con la cabeza una señal de asentimiento.

—Yo tenía una esperanza, y ¡cuán risueña, cuán bella, hija mía! Era cuanto un padre cariñoso puede desear. Realizada aquella esperanza, yo hubiera subido al cielo como un ángel, tranquilo, sereno, limpio, lleno de Dios. Sin ella..., iré a donde mi perverso destino quiera.

—No hay que tomarlo de ese modo.

—Pues ¿de cuál? ¿La realidad puede tomarse de otro modo que como tal realidad? ¿Caben en ella fantasmagorías? No, no te hagas ilusiones. Tu primo no viene ya; nos desprecia como nos desprecian todos los nacidos, porque somos pobres, porque estamos deshonrados, porque somos una vil escoria.

—Mi primo no ha dicho que no vendrá.